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Un faro de racionalidad

Puede no casar con las consignas tantas veces repetidas, pero el futuro pasa por mercados abiertos y por gozar de unas buenas relaciones con Estados Unidos.

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La izquierda latinoamericana se halla en un momento particularmente delicado. El cansancio producido por años de disciplina económica y asentamiento de las instituciones democráticas parece generar una deriva hacia el radicalismo. Los resultados han sido buenos, la riqueza ha crecido y, sobre todo, la maquinaria económica se ha puesto a trabajar sobre bases más sólidas. Pero para muchos esto prueba lo ya sabido: que el liberalismo económico (ellos lo llaman neoliberalismo o capitalismo) sólo beneficia a unos pocos, mientras perpetúa unas relaciones de explotación. La historia nos demuestra algo bien distinto, pero la política no se parece demasiado a un seminario delicado al análisis económico. Un buen prejuicio tiene muchas más posibilidades de prosperar que un análisis bien fundamentado.

En este entorno las opciones son bastante limitadas. El viejo marxismo parece definitivamente desacreditado, con el ejemplo cubano como garantía de desastre. La variante socialdemócrata ha tenido en el socialismo chileno el modelo más exitoso. El paleo-populismo redivivo surge con vigor, aupado por la sencillez de sus consignas y su carácter más emotivo que racional.

La disposición de Hugo Chávez a emplear los recursos derivados de la venta del petróleo para expandir las nuevas tendencias populistas por el nuevo continente supone una grave amenaza para la democracia y el bienestar de aquellas gentes. Parte de la izquierda europea lo ha visto y denunciado, como es el caso de Felipe González; parte lo ha aupado como una nueva fase de la historia de la izquierda postmarxista, entre ellos podemos destacar a José Bono y José Luís Rodríguez Zapatero.

El populismo está condenado a fracasar, al atentar contra el sentido común y las leyes más obvias de la economía. Pero en el camino puede provocar enormes destrozos en el marco institucional y en el tejido industrial. Chávez ha logrado algo extraordinario: que la calidad de vida de los venezolanos sea ahora inferior a la de hace unos años, a pesar de la fulgurante subida del precio del barril de crudo.

Hace unos días el ministro de Agricultura, Minería y Pesca de Uruguay, José Mújica, hizo unas duras declaraciones sobre el comportamiento de MERCOSUR, que se suman a los movimientos diplomáticos de su Gobierno tendentes a establecer un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Uruguay no tiene una mayoría “neoliberal”, sino un Frente Amplio con Tavaré Vázquez a la cabeza. La variopinta coalición de izquierda, que incluye los restos de la antigua guerrilla, se rompe ante los imperativos de llegar a final de mes. Puede no casar con las consignas tantas veces repetidas, pero el futuro pasa por mercados abiertos y por gozar de unas buenas relaciones con Estados Unidos.

Michelle Bachelet, la nueva Presidenta de Chile, tiene ante sí responsabilidades que van más allá de su país. Su partido ha sido en las últimas décadas un ejemplo de convergencia entre socialismo político y liberalismo económico, con excelentes resultados para el ciudadano medio y para el conjunto de la nación. Bajo su predecesor y compañero de filas un gobierno socialista logró, no sin dificultad, la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos en plena crisis de Irak. Era un paso definitivo para consolidar el futuro económico de Chile. Ahora a ella le corresponde actuar de faro que rescate de la irracionalidad y el desastre al resto de la izquierda continental, decidida a embarrancar en las turbulentas aguas de la sinrazón. No lo va a tener fácil, las críticas y los desprecios le lloverán, pero al final se impondrá la realidad: el bienestar y la democracia sobre el empobrecimiento y la arbitrariedad.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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