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Víctimas

No puede extrañar que ni el presidente del país que acoge al Congreso de Víctimas del Terrorismo, ni su ministro de Interior acudan a las jornadas. Son los mismos que negociaron con los verdugos de espaldas y contra las víctimas.

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En la lucha contra ETA, el mayor éxito de los ocho años de Gobierno de Aznar fue el carácter progresivo y dinámico de las medidas tomadas: a partir de 1996, se llevaron a cabo más medidas policiales, políticas, institucionales, que sucesivamente se iban profundizando año tras año. En el año 2004, lo importante no era ya la ilegalización de Batasuna, la detención de comandos o asfixia internacional de ETA, sino la tendencia a profundizar cada día más en todas las medidas que hacían daño a ETA.

Aznar situó a las víctimas en el centro moral de la lucha contra ETA: "las víctimas siempre tienen la razón", era la frase de Mayor Oreja. Durante años, recibieron el reconocimiento social, político, internacional. Como en todo, quedó por hacer, pero la tendencia estaba clara: mimar cada vez más a quienes habían sufrido las dentelladas etarra, e involucrarlas en una estrategia de derrota de ETA.

En el año 2004, Zapatero lo tenía fácil: no tenía más que continuar profundizando en la política heredada, ampliándola. En vez de eso cometió el peor delito: ponerse a negociar con los asesinos frente a las víctimas. A sus espaldas, primero; contra ellas, después. Para engañar y distraer primero, y para dividir y disolver después, nombró a Peces Barba Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo. Alto Comisionado lo fue; desde luego, no para las víctimas. Pocas personalidades políticas han hecho en este país más daño a las víctimas de ETA –salvo quizá Zapatero y Rubalcaba– que Peces Barba. Desde el principio conspiró y maniobró para acabar con el obstáculo que para los planes de Zapatero y ETA suponían las víctimas. Fue tan descarada, torpe y obscena la actuación de Peces Barba, que acabó dejando el cargo entre el rechazo de las mismas víctimas a las que debía servir.

¿Y después? Uno no acosa a las víctimas del terrorismo como lo hizo Zapatero si no tiene una profunda convicción en unos valores contrarios a los que estas representan, de la misma manera que si uno pacta con ETA no es por motivos electorales, sino porque sus más íntimas convicciones le empujan a ello. Y eso no cambia así como así. Así que en esto ha habido una continuidad clara de la política de ZP: en 2004 no se fiaba de las víctimas, en 2006 trató de acabar con ellas y a partir de 2007 las ha dejado olvidadas y marginadas. Que ya no las persiga directamente –faltaría más– no significa que las trate como las debería tratar un presidente comprometido con ellas y con su causa.

De la misma manera que no existen iniciativas políticas para acabar con la impunidad de los agentes sociales de ETA, que siguen en los ayuntamientos; de la misma manera que no se reforma la ley para acabar con las lagunas de los terroristas, dándose casos como el de la absolución y probable indemnización a los responsables de Egunkaria; de la misma manera que no se profundiza en la colaboración internacional, como lo muestran los errores cometidos en Portugal y la pérdida del apoyo norteamericano; de la misma manera que todo lo anterior, las víctimas han caído presa de una política del Gobierno que tiene dos componentes: por un lado la desconfianza y el resquemor hacia ellas, encarnado en la cacería que aún continúa contra José Alcaraz, referente de la rebelión cívica, y por otro lado, apatía, desgana, aburrimiento, que es lo que caracteriza la política antiterrorista del Gobierno, que simplemente continúa, por inercia, con la política heredada en 2004.

Razón por la cual no puede extrañar que ni el presidente del país que acoge al Congreso de Víctimas del Terrorismo, ni su ministro de Interior acudan a las jornadas. Son el mismo presidente Zapatero y el mismo ministro Rubalcaba que negociaron con los verdugos de espaldas y contra las víctimas, y para los que intensificar la política antiterrorista de la mano de las víctimas no es una prioridad en la actualidad. Por la misma razón, tampoco puede extrañar que su lugar lo ocupe el presidente que hizo de la derrota de ETA una prioridad nacional, y que situó a las víctimas en el centro de la política de derrota a ETA. Zapatero y Aznar representan dos formas de entender el terrorismo y de entender el papel de las víctimas. María San Gil ha sintetizado a la perfección cuál es la disyuntiva que los separa: tiene que haber vencedores y vencidos. 

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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