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Victoria en Gaza

La supresión de la amenaza misilística, en agravación continua con el paso del tiempo, reside en la eliminación del aprovisionamiento de las armas que llegan de Irán, Siria o el Líbano a través del Sinaí.

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Un objetivo altamente razonable y en apariencia limitado ha resultado ser de una exigencia máxima. Acabar con los disparos de misiles y morteros contra el Sur de Israel representa una métrica de éxito en la operación Plomo Derretido que ha llevado al Gobierno israelí a dar el paso más trascendental en la escalada del conflicto: extender el combate a zona plenamente urbana, a la ciudad de Gaza y a los campamentos de refugiados de su entorno, verdaderas ciudades con décadas de antigüedad. Ese paso, por supuesto, significa también, si se ve coronado por el éxito, completar el espectro de la disuasión israelí, malparada por la experiencia mixta de la llamada Segunda Guerra del Líbano en el verano del 2006. Es un paso difícil y arriesgado. Si no consigue su propósito, el efecto sería el inverso: difundir la idea de que el poder militar de Israel, netamente mejorado desde el 2006, no es capaz de dar cuenta de la tácticas terrorista/guerrilleras de unos adversarios que no sólo no tienen que preocuparse por proteger a su población sino que la sacrifican sistemáticamente como importante baza propia en la guerra propagandística contra el enemigo.

El sábado 10 cayeron 15 cohetes sobre territorio israelí. El número más bajo en las dos semanas de ofensiva. Su valor militar es próximo a cero, su mensaje político es inconfundible: Hamás sigue queriendo la guerra, sigue creyendo que puede ganarla. Su cifra de muertos es su mejor activo. Con el comienzo del combate en áreas urbanas las expectativas de Hamás son que aumente el número de muertos propios, tan rentables en el plano internacional y respecto a los cuales considera tener un aguante ilimitado, y empezar a infligir bajas al enemigo, sin duda en un número muy inferior y solamente a los soldados en el campo de batalla, pero que pronto, espera, rebasarán lo que los israelíes tienen estómago para soportar.

Son dos maneras muy diversas de definir la victoria y ambas considerablemente ambiguas. Ciertamente Hamás se proclamará vencedor en cuanto los israelíes se retiren, sea cual sea el castigo que le hayan propinado, con tal de que quede alguien para empuñar la bandera de la organización. Borrar a Hamás de la faz de la tierra no parece que sea asequible ni que el Estado judío se lo haya propuesto. La clave, por tanto, estará en la reacción de los habitantes de la franja. Si sigue contando con su apoyo, sería vuelta a empezar, aunque las condiciones que resulten de la guerra contarán mucho en el cómo, el ritmo y las perspectivas de esa reanudación. No tiene, en absoluto, por qué ser lo mismo.

Para Israel, asumir los riesgos del combate urbano resulta ineludible desde el momento en que todos los disparos contra su territorio se realizan desde zonas densamente pobladas. Aparte de la citada posible y muy deseada ventaja de reverdecer la efectividad de su disuasión frente a las muchas amenazas que se siguen cerniendo sobre el futuro del país, este grave riesgo le proporciona una oportunidad en el fondo mucho más relevante que suprimir los lanzadores de misiles: ir a por las guaridas del aparato político y militar de Hamás, inalcanzables desde el aire. Pero junto al agobiante problema del nivel de bajas, propias y sobre todo ajenas, que Israel no puede soportar indefinidamente, la realidad es que la supresión de la amenaza misilística, en agravación continua con el paso del tiempo, reside en la eliminación del aprovisionamiento de las armas que llegan de Irán, Siria o el Líbano a través del Sinaí, por los doce kilómetros de frontera entre la franja y Egipto, el llamado corredor Philladelphi, agujereado por un millar de túneles, lo cual implica otra expansión de las operaciones israelíes y otra serie de dilemas. Definir lo que es victoria no es, pues, tan sencillo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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