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¿Y ahora qué?

Con serlo mucho, el problema más grave no es el aberrante sacrificio de los atroces terroristas suicidas. El problema está en sus objetivos.

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Nadie, lo que se dice nadie, tiene la menor idea de lo que va a pasar en Palestina y en su relación con Israel. Tanto una cosa como su contraria son posibles. Todo son conjeturas. Que lo malo engendre lo bueno es difícil y lo difícil improbable. Pero a veces se toca fondo en lo malo, sus posibilidades se agotan, sus procedimientos hastían y se produce una esperanzadora reacción en sentido opuesto.

Poco hay de bueno en la trágica existencia de los palestinos y en su desoladora política, que inspiró a Abba Eban aquella abrasiva sentencia que los define como los que nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad. Poco o nada hay de bueno en su relación con el otro pueblo que compite por la misma tierra. Los árabes no aceptaron el reparto inicial del 48, fraguado por las Naciones Unidas –no lo olviden los sacralizadores de la instancia internacional–, y de los 3 fragmentos que les correspondían se quedaron con sólo dos: Cisjordania –Judea y Samaria para los hebreos– y la minúscula y superpoblada Gaza. Al final menos de un tercio del territorio para los que representan más de dos tercios de la población. Las proporciones no han dejado de empeorar con cada compromiso dilapidado.

Con serlo mucho, el problema más grave no es el aberrante sacrificio de los atroces terroristas suicidas. El problema está en sus objetivos. Los de Fatah, nacionalistas relativamente seculares, cediendo a un cierto realismo, están dispuestos a un compromiso como etapa táctica hacia ya pueden imaginarse donde. Los fanáticos religiosos de Hamas no dejan resquicio a la imaginación: los judíos al mar y asunto resuelto.

De repente éstos son los que van ahora a mandar, más allá de sus propias expectativas y planes. Sus hermanos en fundamentalismo por todo el mundo árabe suelen preferir demostrar su fuerza sin dejarse atrapar por las responsabilidades de gobierno. Esos parecen haber sido también los proyectos de Hamas. La victoria los desbordó y ahora tienen que pensar qué hacer con el poder que se les ha venido a las manos y cómo el poder puede afectarles. Ellos mismos, sus rivales palestinos, los israelíes, americanos, europeos y vecinos árabes, todos entre el susto y el desconcierto.

De inmediato, las primeras declaraciones son continuistas. Hamas no negociará con Israel mientras ocupe tierras palestinas. ¿De qué lado de la playa tendrán que parlamentar los judíos? Israel no negociará con Hamas mientras no renuncie al terrorismo. Más allá de solemnes reafirmaciones, Hamas hace valer que lleva un año respetando una tregua y que está dispuesta a seguir haciéndolo.

A partir de ahí todo son incógnitas. La debilidad del derrotado movimiento de Arafat, los históricos de la resistencia, es su corrupción y su ineficacia, propiciada por la implacable enemiga de los vencedores de hoy. La fuerza de éstos, más allá de sus correligionarios acérrimos, es su protectora red de acción social, financiada por los consabidos mecenas de todos los radicalismos islámicos. ¿Podrán permitirse el lujo de arriesgar las ayudas de europeos y americanos? ¿Se atreverán éstos a retirarlas, arrostrando el inexorable estigma de la calle árabe?

¿Cuánto tiempo tardarán los fanáticos en encaminarse por la senda de la corrupción, como los clérigos en el marchito Irán? ¿Se matarán las facciones armadas entre sí, incrementando todavía más el caos reinante? ¿Cuál es el significado político de la sorprendente victoria de los islámicos? ¿Es un voto de castigo temporal? ¿Será reversible o se dejará revertir? Y muchos más interrogantes, sin entrar en los del lado israelí, con una importante cita en las elecciones generales de finales de marzo, o el contradictorio destino de la democratización en el mundo árabe. Mucha tela por cortar.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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