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¿Y ahora qué?

Lo peor es que, de alguna manera, los norteamericanos empiezan a repetir los peligrosos patrones de algunos países europeos que no entiende que es imprescindible luchar para ganar una guerra, si no ésta se perderá.

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El artículo de la revista Rolling Stone, culpable del cese fulminante del general Stanley McChrystal, aporta mucho más que las insinuaciones sobre la desidia de Obama por esta guerra o la incompetencia de Eikenberry y Holbrooke. Nos desvela la verdadera naturaleza de la guerra.

Hastings, autor del artículo, dedica parte de atención al negativo impacto que las reglas de enfrenamiento de Estados Unidos están teniendo en el desarrollo de la guerra y en la moral de las tropas. La acertada aversión de la administración norteamericana por las bajas civiles dificulta sin embargo la lucha contra los talibanes, que han centrado sus esfuerzos en atacar las infraestructuras civiles y utilizar escudos humanos. Se recoge el ejemplo de un cabo que murió por la explosión de un artefacto que estaba escondido en una casa utilizada como posición talibán. Los mandos del cabo habían pedido en repetidas ocasiones permiso para echar abajo dicha casa y siempre se lo habían de negado. Destruirla hubiera supuesto ir contra el objetivo de no molestar u ofender a los civiles afganos. A cambio, murió un cabo norteamericano.

Obligados a contener el fuego, los soldados norteamericanos aseguran que de esta manera están mucho más expuestos al peligro. Piden poder luchar, como hicieron en Irak y como hicieron en Afganistán antes de que llegara McChrystal. El artículo refleja la tensa atmósfera que se respira en las bases, donde muchos efectivos tienen la sensación de que se está perdiendo, y cabreados y frustrados preguntan a sus superiores qué pasa con la guerra. McChrystal intenta explicarles con diagramas repletos de conceptos y principios el porqué de las restricciones al uso de la fuerza, pero no puede con la indignación de los compañeros de los que han muerto. Muchos empiezan a poner en entredicho la estrategia de contrainsurgencia. Incluso algunos especialistas en la materia empiezan a calificarla como fraude.

Hastings nos dice también que en Afganistán hay gente que quiere luchar pero hay otros que no están interesados en ello. Se recrea en aquellos países que dicen ser aliados de los norteamericanos, y en el empeño de Washington en mantener esa ficción: "Desde hace un año la guerra afgana se ha convertido en propiedad exclusiva de Estados Unidos". Recoge además las frases despectivas con las que los militares norteamericanos se refieren a los efectivos de la ISAF, que ridiculizan su manera de hacer y de entender la guerra. Lo peor es que, de alguna manera, los norteamericanos empiezan a repetir los peligrosos patrones de algunos países europeos –por ejemplo con las restricciones en las reglas de enfrentamiento– que no entiende que es imprescindible luchar para ganar una guerra, sino ésta se perderá.

McChrystal ha pagado un alto precio por sus palabras en Rolling Stone, pero gracias a la bomba mediática que ha supuesto el artículo se conocerá un poco más sobre la verdadera guerra que se lucha y se deja de luchar en Afganistán.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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