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Y Rusia movió ficha

Rusia ha confirmado la extrema debilidad europea y se prepara para nuevos ejercicios de influencia en Ucrania. La crisis georgiana es un capítulo, no un conflicto. Rusia ha echado un pulso y ahora afronta el segundo con más seguridad en sí misma.

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La perspectiva que nos proporciona el tiempo trascurrido desde el inicio de las operaciones militares en Osetia del Sur nos permite avanzar un poco más en la valoración de lo sucedido, desde las razones que llevaron al inicio del conflicto hasta las consecuencias que para las distintas partes tendrá lo ocurrido.

El presidente georgiano justificó el avance de sus tropas en la provincia de Osetia del Sur el pasado día 7 como consecuencia de las provocaciones de los independentistas y del creciente papel de Rusia en esos hechos. No hay duda de que formaban parte de una operación dirigida desde Moscú. Tanto es así que, como fuentes del Departamento de Estado norteamericano están filtrando, Rice envió a un destacado miembro de su equipo, Daniel Fried, para calmar al gobierno georgiano y tratar de convencerle de no caer en una trampa de la que sólo podía salir derrotado. A pesar del aviso, Saakashvili ordenó el avance de sus tropas. Quizás porque creía que no tenía otra opción, quizás porque confiaba en que Estados Unidos y Europa reaccionarían en su favor conteniendo la maniobra rusa.

La rapidez con que se movilizó el ejército ruso, la buena coordinación con la Fuerza Aérea y el inmediato despliegue de la flota en el Mar Negro no dejan lugar a dudas de que se trataba de una operación conjunta preparada con antelación. Los rusos pudieron verse sorprendidos en el momento del ataque, pero sólo entonces. Lo buscaban y estaban preparados para actuar.

No hay discusión sobre cuáles son las fronteras de Georgia, antigua república federada de la Unión Soviética y hoy estado independiente. Rusia no tiene ningún derecho a penetrar con sus tropas en territorio georgiano ni a interferir en un tema de política interior como es el intento de segregacionismo de Osetia del Sur y Abjacia. Sin embargo, desde hace años está alimentando ese independentismo y violando la soberanía georgiana. Tampoco tiene justificación para reivindicar el derecho de autodeterminación, como se desprende de las declaraciones de ayer jueves, pues Georgia no es un territorio en descolonización.

Rusia ha hecho una valoración estratégica de la crisis de Osetia del Sur y ha actuado en consecuencia, algo que no se puede decir de europeos y norteamericanos. Para los dirigentes de Moscú, Osetia del Sur y Abjacia no son fines en sí mismos, sino medios. No se trata de resolver un pequeño problema nacional sino de utilizarlo en un juego de mayor amplitud. Georgia es una democracia en formación que ha apostado claramente por Europa y la Alianza Atlántica. Estados Unidos ha apoyado a este país desde la visión de un Cáucaso progresivamente democrático que actúe como ariete para trasformar Asia Central, una zona de alto valor estratégico por sus reservas energéticas amenazada por el auge del islamismo y por su inestabilidad política.

Para Rusia, sometida a un régimen autoritario, la expansión de la democracia es una amenaza, pero lo es mucho más la red de alianzas entre potencias democráticas, organizaciones internacionales y los estados situados en su proximidad. Como los dirigentes de Moscú han repetido en más de una ocasión, no quieren tener a la OTAN en sus fronteras más de lo que ya está. Más aún, el actual núcleo dirigente añora los tiempos de la Unión Soviética, la forma más reciente de Imperio ruso, y exigen el reconocimiento de la vieja doctrina Breznez, la imposición de una soberanía limitada sobre los estados de su área de influencia. Putin nos exige que aceptemos el derecho de Rusia a ser tratada como "gran potencia", lo que en su visión implica influencia sobre las políticas de sus estados vecinos.

El premeditado ataque ruso era una medida bien pensada. Creían necesario hacer una demostración de fuerza, dada la poca audiencia que habían tenido sus declaraciones en contra del ingreso de Ucrania y Georgia en la OTAN y del despliegue de la Defensa contra Misiles Balísticos en Polonia y Chequia. A la hora de llevarlo a cabo se encontraban con dos hechos recientes que jugaban a su favor.

El reconocimiento por parte de Estados Unidos y de las grandes potencias europeas de la independencia de Kosovo suponía una abierta violación de las resoluciones vigentes del Consejo de Seguridad. Pero, al mismo tiempo, representaba un excelente precedente para la invasión de Abjacia y Osetia del Sur y su posterior segregación de Georgia. Tan ilegal es el caso balcánico como el caucásico, pero el primero suponía un argumento para el segundo. Norteamericanos y europeos no tienen legitimidad para criticar a Rusia por hacer algo que ellos previamente han perpetrado. Lo que vale para Kosovo vale para Georgia.

Estados Unidos lleva tiempo defendiendo el ingreso de Ucrania y Georgia en la Alianza Atlántica. Un buen número de estados europeos se oponen, pero sin argumentos de peso. No ha habido un debate estratégico en el que se valoren pros y contras. Todo se limitó a un estéril juego diplomático. El resultado fue, entre otras cosas, un error. Afirmar, como se hizo en Bucarest, que ambas naciones entrarían a formar parte mientras se posponía sine die la negociación era el mensaje que nunca debía haber llegado a Moscú. Para Putin la Cumbre de Bucarest confirmaba la voluntad de penetrar a través de la democracia en su área de influencia, al tiempo que ponía en evidencia las divisiones internas. El enemigo existía, pero era débil. Con una presidencia en fase terminal y una diplomacia necesitada de la colaboración rusa para afrontar la crisis nuclear iraní, Estados Unidos no sería un problema. Putin ha elegido el momento, ha actuado con contundencia y ha logrado lo que buscaba, aunque ello implicará pagar un precio.

Rusia ha humillado a un vecino que se negaba a aceptar su vasallaje. Ha enviado un mensaje claro a todo el Cáucaso y también a las repúblicas de Asia Central. Rusia ha vuelto a ser fuerte gracias a los precios de la energía y a disponer de un liderazgo claro. No tienen reparo alguno en ejercer su poder, en utilizar sus ejércitos siempre que sus intereses así lo exijan.

Estados Unidos ha sufrido una doble derrota diplomática. Ha perdido influencia en una región de alto valor estratégico, pero también se ha puesto de manifiesto la profunda crisis de la Alianza Atlántica, en el hipotético caso de que sigamos creyendo en su existencia. Estados Unidos no ha podido o no ha sabido ejercer su liderazgo dentro de la Alianza, que ha tenido un penoso papel en todo momento. Tan penoso como el de la Unión Europea, incapaz de reivindicar con claridad desde el primer momento la integridad territorial de Georgia y dispuesta a hacer de mediador en un alto el fuego que sólo beneficia al agresor. No es de extrañar el rostro tenso e irritado de Sarkozy junto a un sonriente y relajado Medvedev.

Los europeos sienten que un mundo globalizado es un teatro de operaciones que se escapa a sus posibilidades. No pueden actuar al mismo tiempo frente a una crisis económica, un problema energético sin solución a medio plazo, las crisis de Oriente Medio, la quiebra del régimen de no-proliferación y ahora el Cáucaso. Desde el principio del "mínimo común denominador" que rige su proceso de toma de decisión a los europeos no les queda más que esconderse en su concha de caracol con la inútil esperanza de que la tormenta escampe y nadie les pise. Su dependencia energética, las enormes divisiones internas sobre la política a seguir, el vértigo por verse desbordada por los acontecimientos, su incapacidad militar… su debilidad estructural les llevan a la inacción.

Los europeos de cierta edad crecieron en la idea de que el Premier Neville Chamberlain fue un traidor por haber cedido ante Hitler la soberanía de Checoslovaquia a cambio de la ilusión de evitar la II Guerra Mundial. El tiempo demostró que Winston Churchill tenía razón, que no se puede ceder ante un régimen dictatorial porque sólo se conseguirá mostrarle la debilidad propia y, por lo tanto, animarle a ir más allá. Eso fue lo que ocurrió. Con los criterios de hoy en día Chamberlain sería un halcón colonialista y Churchill un reaccionario disparatado. El primero no fue un traidor, sino un leal patriota que cometió un error fatal. No era un cobarde, sólo trataba de evitar una guerra que, a la postre, aceleró con sus actos. Los dirigentes europeos de nuestros días se parecen muy poco a Chamberlain y menos aún a Churchill. Ni siquiera se han planteado una negociación, todo lo más han enviado al presidente de turno para certificar cómo una potencia autoritaria invadía sin causa justificada el territorio de una democracia que había solicitado ser incluida en el club atlántico, que públicamente había mostrado su interés por vincularse definitivamente a Europa. La falta de visión estratégica es alarmante.

La inacción europea tendrá consecuencias inmediatas. Los estados más orientales de la Unión, que llevan años alertando sobre la amenaza rusa, actuarán a partir de ahora con más contundencia. La división está servida y con ella las dificultades para conseguir posiciones comunes. La política de apaciguamiento alemana ha demostrado lo ya sabido, lo que no quiere decir que Berlín vaya a rectificar. Rusia ha confirmado la extrema debilidad europea y se prepara para nuevos ejercicios de influencia en Ucrania. La crisis georgiana es un capítulo, no un conflicto. Rusia ha echado un pulso y ahora afronta el segundo con más seguridad en sí misma. Energía e influencia política irán de la mano.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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