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Zapatiesta bagdadí

Las tropas de Washington consiguieron parar la guerra civil entre sectas, y de no ser por ello, el mismo Muntadhar, prisionero de milicias chiíes durante varios meses, se habría quedado sin zapatos mucho antes (e incluso sin pies con que calzarlos).

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Falló Muntadher al-Zaidi y Bush salió airoso y con estilo, aunque no haya dignidad para concedérselo. Siempre cuesta reconocer los propios fallos de análisis, y abunda la gente que no tiene clase para hacerlo. Muchos siglos de frustración ha padecido el mundo islámico y muchas penurias sigue sufriendo, bajo propios y extraños, como para pasar por alto una tan áurea oportunidad de regodeo. Luego están los antibushistas profesionales del entero mundo, maestros odiadores, que no han cejado en su porfía por trazar las múltiples vidas paralelas de Bush con Hitler (pero sólo con Hitler, no fueran a degradar con inmerecida comparación a Stalin, Mao, los Kim padre e hijo o al propio Sadam, todos malos, pero sin llegar al extremo de Bush y Hitler). 

El ínclito Muntadhar el-Zaidi, amén de dos zapatos en buen uso, dejó dos frases para la posteridad. "Éste es un regalo de los iraquíes; éste es el beso de despedida, ¡perro!"; y la no menos enjundiosa "Esto de parte de las viudas, huérfanos y todos los que fueron asesinados en Irak". Es de bien nacidos indignarse por los asesinatos y admirable protestar incluso con riesgo de la propia vida (lo que no ha sido el caso). Cuando lo era, en tiempos de Sadam, Muntadhar, árabe suní, era baasista, el partido del déspota, de los que mataban y siguieron matando a sus compatriotas hasta la actualidad (aunque últimamente menos, gracias a Bush, lo que al parecer ahora no le hace gracia). En su casa, hemos sabido que venera un retrato del Che, de quien se cuenta que fue responsable de 14.000 ejecuciones, algunos centenares personalmente, según testigos presenciales.

Cinismos aparte, tan impresionantes aportaciones verbales a la sangrienta historia del Oriente Medio se merecen una dosis de exégesis. "Éste es un regalo de los iraquíes". Grandioso, pero algo inexacto. Los árabes suníes de Irak han tenido la fea costumbre de considerar que el país son ellos, cuando apenas llegan al 20%. Los kurdos, otro 20% a lo sumo, suníes pero no árabes, los odian porque han sido víctimas –en todas la modalidades del arte de matar, gaseado incluido, y por muchas docenas de miles– de la vesania de Sadam y los suyos, por lo que no sólo han recibido a los americanos con los brazos abiertos, sino que además quieren que se queden. Los árabes chiíes, alrededor del 60%, musulmanes, pero olímpica o más bien coránicamente despreciados por los suníes –y masacrados sin piedad cada vez que alzaban la cabeza– se sienten muy satisfechos de la liberación que Bush les aportó, aunque bastantes, un número que fluctúa según las circunstancias, no lo estén agradeciendo, convencidos de que los americanos se lo debían por una supuesta traición de Bush padre. Otra parte, también fluctuante a tenor de los acontecimientos, tiene prisa de que los extranjeros se marchen para disfrutar de su nuevo poder mayoritario y ajustarle las cuentas a los despóticos minoritarios que durante siglos los han oprimido (aunque en realidad nunca han visto la situación lo suficientemente propicia y siempre han preferido aplazarlo al año que viene si Dios quiere).

Bush se ha desvivido por crear concordia, consenso y reconciliación nacional y ahora son muchos los líderes suníes que se sienten más seguros si los americanos establecen una base permanente en su territorio. De hecho, las tropas de Washington consiguieron parar la guerra civil entre sectas, y de no ser por ello, el mismo Muntadhar, prisionero de milicias chiíes durante varios meses, se habría quedado sin zapatos mucho antes (e incluso sin pies con que calzarlos). Pero para verlo hace falta cierta claridad mental que no está al alcance de todas las almitas confundidas del Oriente Medio. 

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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