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George Will

Demócratas enamorados, pero no de Hillary

Bill Clinton dijo una vez que a los republicanos les gusta estar de acuerdo con las propuestas y a los demócratas enamorarse del candidato. Lo que explica el palpable pánico de la campaña de Clinton es que los demócratas se han enamorado, pero no de ella.

George Will
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En los años veinte, los Dodgers de Brooklyn terminaron en sexto lugar siete veces en ocho años. A finales de ese desafortunado período, un redactor deportivo con bastante sentido del humor, observando que el equipo no anotaba, escribió que "el exceso de confianza podría costar a Brooklyn hasta el sexto lugar".

La campaña de Hillary Clinton no mostró excesiva confianza cuando dirigió la reciente andanada contra Barack Obama. El megatón retórico de su campaña tuvo lugar en respuesta a un destacado donante de Obama que dijo algunas groserías sobre ella. Su salida de tono ha sido uno de los muchos sucesos que han clarificado la competición demócrata.

Hablando sobre candidatos presidenciales, Bill Clinton dijo una vez que a los republicanos les gusta estar de acuerdo con las propuestas y a los demócratas enamorarse del candidato. Lo que explica el palpable pánico de la campaña de Clinton es que los demócratas se han enamorado, pero no de ella.

Los Republicanos tienden a nominar a la siguiente persona de la cadena: el vicepresidente Richard Nixon, no el gobernador Nelson Rockefeller, para suceder al presidente Dwight Eisenhower en 1960; el vicepresidente George H. W. Bush, no el senador Robert Dole, para suceder al presidente Ronald Reagan en 1988; Dole en lugar de Lamar Alexander o de cualquier otro contrincante en 1996; o el gobernador George W. Bush, cuyo linaje dinástico le impulsó en el 2000 por encima del senador John McCain.

Existe un cierto tinte republicano en la campaña de la senadora Clinton: ella es la siguiente de la lista. Ese hecho, combinado con la maquinaria monetaria de los Clinton (cuán frecuente es apropiado usar el plural), se supone que le transmite un aura de inevitabilidad.

Pero ese aura enfurece a los votantes, al dar a entender que en realidad no tienen elección. Y eso puede animarles a jugar el juego que G. K. Chesterton llamaba "Engañar al profeta". los jugadores escuchan educadamente las explicaciones de lo inevitable, y a continuación hacen que suceda otra cosa para derrotar el aburrimiento.

El aburrimiento, escribía el sociólogo Robert Nisbet, se encuentra entre las fuerzas universales y constantes que conducen el comportamiento humano. El sistema nervioso de la humanidad evolucionó a lo largo de millones de peligrosos años (tigres de dientes de sable, etc.). No obstante, la humanidad se ha encontrado de pronto, en sólo un par de milenios, con la monotonía de la vida ordenada, que molesta a un cerebro humano modelado por y para circunstancias peligrosas. Entre los remedios al aburrimiento que enumeraba Nisbet se encuentran la guerra, el crimen, la revolución, el suicidio, el alcohol, los narcóticos y la pornografía. Debería haber añadido la política presidencial. Envíen un memorando a la campaña de la Clinton: la inevitabilidad aburre.

Hay un pequeño ramillete de opciones. Los demócratas tienen muchos candidatos interesantes, pero frecuentemente los candidatos más plausibles a ser el jefe del Ejecutivo de la nación son los gobernadores, y en la carrera demócrata sólo queda uno: el de Nuevo México, Bill Richardson. Tres ex gobernadores –Mark Warner, de Virginia, Evan Bayh, de Indiana y Tom Vilsack, de Iowa– han abandonado la partida.

Vilsack dijo que su abandono fue causado por "el dinero y solamente el dinero". Bueno, sí, pero hubo motivos, políticos e ideológicos, por los que no pudo encontrar compradores a lo que estaba vendiendo. No obstante, su declaración provocó las usuales lamentaciones sobre el papel determinante del dinero en la política. Este año se nos dice que hemos de horrorizarnos por el hecho de que, cuando llegue noviembre del 2008, la carrera presidencial habrá costado mil millones de dólares. Lo que significa que este proceso de dos años cuesta la mitad de lo que los americanos dedican cada año a los dulces de Semana Santa.

Lo que sí es cierto es que los candidatos tienen que dedicar mucho tiempo a recaudar dinero. Pero eso se debe a que el Gobierno, al prohibir grandes donaciones a las campañas, ha transformado un enorme excedente estadounidense –el dinero– en una escasez artificial. El Gobierno comenzó a hacerlo con fines anticompetitivos. Suele decirse que la iniciativa en favor de una "reforma" a la financiación de las campañas electorales fue iniciada por los demócratas en respuesta al Watergate. Es cierto que fueron los Demócratas quienes la iniciaron, pero fue antes, en respuesta a sus traumas de 1968.

Ese año, la insurgencia anti Vietnam del senador Gene McCarthy alteró el equilibrio del Partido Demócrata al plantear un desafío serio a la renominación del presidente Lyndon Johnson. McCarthy fue capaz de lograrlo sólo porque unas cuantas personas adineradas le hicieron grandes donaciones. Los demócratas también se alarmaron por el éxito del ex gobernador de Alabama George Wallace en 1968, y asumieron erróneamente que también Wallace estaba financiado en gran medida por unos pocos donantes grandes.

Según John Samples, del Cato Institute (en su libro La falacia de la reforma de la financiación de las campañas electorales), los demócratas del Congreso iniciaron el proceso que culminó en la criminalización de las grandes donaciones, que son las que pueden darle una oportunidad de ser competitivo a candidatos con pocas posibilidades como Vilsack. Sí, el objetivo inicial de esas "reformas" no fue tanto el proclamado objetivo de combatir la corrupción o que "pareciera" que había corrupción como impedir la entrada de candidatos inconvenientes en las campañas presidenciales. En ese sentido, la reforma de la financiación de las campañas electorales es un programa gubernamental que ha funcionado muy bien, desgraciadamente.

© Washington Post Writers Group

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