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Rescatar a un océano con un dedal

A principios de los 90, en un penal en donde los reos han cumplido sus penas y están siendo puestos en libertad, y donde ven de primera mahno a aquellos cuyas sentencias empiezan a cumplirse, vio entrar en la cárcel a uno de sus hijos

George Will
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El peor día de los 55 años de Sugar Bear fue uno de los días -ha visto muchos- en los que salió de la cárcel. A principios de los 90, en un penal en donde los reos han cumplido sus penas y están siendo puestos en libertad, y donde ven de primera mano a aquéllos cuyas sentencias empiezan a cumplirse, vio entrar en la cárcel a uno de sus hijos.

La reincidencia entre generaciones no es inusual en el mundo de padres ausentes de Sugar Bear. Su hijo, condenado por tráfico de drogas, sigue encarcelado porque no ha sido un recluso modelo. Es una astilla que salió del mismo palo.

Sugar Bear -unos cuantos le llaman Robert Lewis Jackson- fue un delincuente precoz. Su primera detención -por "GTA" (conducción temeraria con vehículo robado), explica- implicó un Chevy El Camino en 1959. Recuerda que era naranja. Salió de la autopista, se metió en una gasolinera, y bajó del vehículo. El agente que le detuvo allí estaba de piedra. Él tenía 5 años.

En serio. El auto de la detención que conserva el Departamento de Policía de Los Ángeles confirma esto. Conducía su El Camino sentado en un almohadón para poder ver por encima del salpicadero y utilizaba un palo largo para manejar los pedales.

Hijo de una prostituta soltera mentalmente desequilibrada, se interesó por la conducción de la mano de su abuelo, que daba vueltas a la manzana con Sugar Bear en su regazo. No fue hasta que Sugar Bear tuvo 25 que supo que su abuelo era su padre también, al haber mantenido una relación sexual con la madre de Sugar Bear.

Sugar Bear creció principalmente en la calle, pasando de manos esporádicamente, como fue el caso, de diversas parientes femeninas. Siguió mudándose porque una fue apaleada hasta morir en un callejón, otra perdió la vida en un accidente con un arma de fuego, a otra le echaron desatascador de tuberías en los ojos por motivos que Sugar Bear no recuerda. Se mantenía reuniendo botellas tiradas a cambio de ingresos, y suplicando hamburguesas y bocadillos de mantequilla de cacahuete a extraños simpáticos.

Su vida en la capital nacional del celuloide incluyó la emocionante noche del 11 de diciembre de 1964, fecha en que estaba en los exteriores del motel en el que el cantante Sam Cooke (del tema "You Send Me") fue alcanzado por arma de fuego con desenlace fatal. Sugar Bear tenía ocho años.
 
Aunque nunca se ha casado, tiene cinco hijos y solamente le han herido de bala en una ocasión. Dice que hizo "cosas de críos" pero logró, gracias sobre todo a que era un deportista, graduarse en el instituto. Después de aquello entró en prisión en cinco ocasiones, a cumplir penas que oscilan de los seis meses a los 11 años. Dice que estuvo implicado en "un 1-8-7" -asesinato de un alguacil de prisiones- pero fue absuelto. Entonces las oscilaciones de su vida se toparon con unas cuantas instituciones benevolentes.
 
En 1965, inmediatamente después de los disturbios de Watts que anunciaron a una nación en gran medida negligente la volatilidad de algunas bolsas de atraso social, un estudiante de licenciatura de la UCLA, Keith Phillips, se mudó a este devastado barrio de la ciudad de los ángeles. De 65 años hoy, Phillips es el motivo de que World Impact, su invento, tenga presencia en 13 de los municipios más problemáticos de América, como Newark o East St. Louis. Su acento lo ponen en la ausencia de padre y las patologías sociales que conlleva.
 
Esta es la preocupación de Ken Canfield, un doctor de 58 años por la Kansas State que hasta hace cinco dirigía el National Center for Fathering de la Universidad Pública de Kansas. A continuación se mudó aquí para ayudar a la Universidad Pepperdine a desarrollar el Centro Familiar, y ahora trabaja con World Impact viviendo entre los más desfavorecidos del municipio. Canfield administró a Sugar Bear el Salmo 68, el que habla de Dios como "padre de la paternidad" que "habita en el solaz de las familias". Para la gente como Sugar Bear, personas con vacíos en sus almas nunca ocupados por el amor de los padres, Canfield afirma que la religión ofrece "la espiritualización de la paternidad":
 
"Si no cuentas con el respeto tranquilo que da un padre, tus pasiones se desbocan. En el caso de un buen número de hombres, sus pasiones se sexualizan a medida que buscan afirmación y comodidad en su masculinidad".
 
Un día, hace poco, Sugar Bear, superviviente alegre y robusto, llevaba una cazadora con el logotipo de la organización cristiana Union Rescue Mission. Trabaja allí, ayudando a prestar servicios, entre otros, a pequeñas porciones de los 50.000 sin techo del condado de Los Ángeles, el 30 por ciento de los cuales tiene menos de 35 años. ¿Rescatar a un océano con un dedal? A lo mejor. Aun así, Phillips, Canfield y Sugar Bear, este improbable trío estadounidense, ejemplifican un enfoque muy norteamericano de la regeneración social: uno a uno, a fondo.

© Washington Post Writers Group

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