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Aznar y el golpe de timón

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El líder de la Oposición, muy marinero, le recomendó primero al presidente del Gobierno que tomara el timón. Después, como si ya lo hubiera hecho, que diera un “golpe de timón”. Se refería, naturalmente, a la crisis ocasionada por el “Prestige” pero el consejo no debería ser echado en saco roto. Al cabo de unas cuantas semanas, ya sabemos lo fundamental: que la marea negra puede tener dimensiones más graves de lo que hoy vislumbramos, que la causa es la desidia legal e inspectora ante las mafias que dominan buena parte del transporte de petróleo, que el Gobierno no supo o no pudo ver las dimensiones del asunto, que ha llegado tarde, que ha hecho muchas cosas que en la vorágine han quedado oscurecidas, que Aznar erró al no ir a Galicia y lo ha seguido haciendo con la insistencia en que trabaja más seriamente en su despacho, que el PSOE ha querido sacar tajada de todo ello, que la política de comunicación oficial ha sido un desastre y que, en medio de este
trajín (que, desde el punto de vista material, seguirá de modo imprevisible), el presidente ha terminado por reconocer “posibles” equivocaciones y asegura ahora, ante las cámaras y ante su partido, que se pone al asunto con diligencia y seriedad.

La frase de Zapatero, en este asunto concreto, es retórica. Pero lo que de verdad necesita Aznar es dar un urgente golpe de timón. El caso “Prestige”, además de su contenido propio, es un episodio en el seno de un proceso en el que el PP está preso y que no es otro que la desconexión con los ciudadanos. Con sus votantes, con políticas contrarias a su programa que se ponen en juego sin otra explicación que la necesaria fe en el líder. Y con los ciudadanos en general, con una peligrosa desconexión con la realidad ante la que no valen como escudo ni la retórica ni la desfachatez ritual.

Puede que se salve la crisis de la marea negra, o que se vaya olvidando. Puede que Aznar viaje o no a Galicia, o que consiga ingentes ayudas internacionales. Puede que los datos económicos, incluso en una etapa de desaceleración como la que vivimos, se muestren tranquilizadores o razonables. Pero me temo que nada de esto salvará al PP ni le sacará del plano inclinado por el que se desliza si no da un verdadero golpe de timón y busca de nuevo las conexiones programáticas y emocionales con la ciudadanía que le dieron el triunfo electoral en el 96 y luego la mayoría absoluta. Bastaría con preguntarse qué sedujo entonces a los españoles y olvidar el falso consuelo de que una vez seducidos, siempre serán seducidos. El problema es ése, no el PSOE, que seguramente ha dado de sí todo lo que puede. El riesgo del PP no es el atractivo de la Oposición, sino el goteo de la desafección de los suyos. Y, por el momento, va por muy mal camino.

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