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Despropósito y ridículo

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Escribió Thomas de Quincey que los abogados suelen fracasar en el foro parlamentario porque se ven, de pronto, sin ayuda artificial, es decir, sin el soporte de un caso. Se sitúan en el debate político, tienen que echar mano de ideas generales, de planteamientos abstractos y hacen aguas: no tienen atestado, el relato de declaraciones policiales o previas, falla el recurso a las tácticas procedimentales, etc.

Los diputados de la izquierda de la Asamblea de Madrid han venido demostrando, al menos desde que se escaparon del grupo socialista los señores Tamayo y Sáez, que las ideas generales no son lo suyo, salvo quizá, extendiendo el concepto hasta el absurdo, la obscenidad: referencias a un golpe de Estado, asesinato de la democracia, traición de los despojos humanos y demás.

El comienzo de la comisión de investigación en la Asamblea, en teoría –aunque sólo en teoría– para averiguar los motivos de la rebeldía de los dos diputados socialistas, tenía, por todo ello, un interés especial para el observador. ¿Saldrían adelante los diputados socialistas y comunistas con “ayuda artificial”, como diría De Quincey? ¿Aprovecharían “el caso”? ¿Bajarían de la nebulosa absurda del insulto, que parecía el único modo que habían encontrado para intentar achacar al PP lo que era el desbarajuste de ladrillos del PSOE? ¿Saldrían a relucir los abogados, los interrogadores habilidosos, aprovechando atestados, documentos y otros datos concretos?

El resultado ha sido decepcionante sin dejar de resultar indignante. Los portavoces de la izquierda tienen una flojera polémica y una nadería investigadora que ha terminado siendo ridícula. Se alteraban y trabucaban ellos en vez del compareciente, la ironía resultaba estar del lado del preguntado y el nerviosismo faltón de los interrogadores. Un despropósito.

Claro que, por lo que se ve, PSOE e IU no tienen “caso”. Quizá haya caso, quién lo sabe, pero, desde luego, ellos no lo tienen. Lo que tienen es un listado telefónico, seguramente ilegal, que, en realidad no aporta nada porque los interrogadores no saben distinguir entre llamadas reales y fallidas y, mucho menos, sobre el contenido de las mismas. Lo que tienen para acusar a Tamayo y Sáez es lo que no les sirvió para sacar adelante una querella en el Tribunal Superior de Justicia.

Sin caso, podrían haber intentado ser habilidosos, maliciosos, esquivos ante la falta de sustento y contundentes en alguna idea general. Aunque sólo fuera para sacar al PSOE del atolladero, ya que no podían sacar las acusaciones del abismo de la ineficacia jurídica e investigadora. Pero nada de nada. Un despropósito y un ridículo. Parecían ser los preguntadores los que de ningún modo querían que se averiguara algo.

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