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El fin de Zapatero

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El secretario general de los socialistas españoles (solo o acompañado de otros) parece decidido a perder las elecciones. Tras cada paso hacia el sentido común se dan tres hacia el abismo. Si se convence a Maragall de que esté calladito (y si no puede estar calladito, moderado), sale Odón Elorza por peteneras y, claro, luego el candidato catalán no puede contenerse. Si se filtran medidas coherentes en Economía, Javier Rojo y los suyos, en Álava, dan rienda suelta a la venganza y se reparten con los nacionalistas vascos la presidencia de las comisiones de las Juntas Generales. Poco antes, en la Mancomunidad de Pamplona (Navarra es especial, allí no hay amenazas de expulsión como en el caso de Cristina Alberdi), los nacionalistas apoyaron al candidato del PSOE.

Dicen los socialistas alaveses que no han pactado con los nacionalistas, sino que ha habido coincidencia en los votos de la oposición para dejar fuera al PP, para que vea que no tiene mayoría absoluta. Javier Rojo, que respira por la herida de no ser diputado general, por la más vergonzosa herida de anteponer ambiciones personales a un proyecto político, puede decir esto o decir misa. Se vio obligado a votar a Rabanera, diputado general del PP, y se negó a cualquier otro pacto con este partido. Se descuelga, y con ello descuelga a su partido, de un proyecto constitucional, de la línea de su partido en Álava. Se pasa, después de haber colocado a su hermano en Caja Vital (presidida por un representante del PP), a hacer carantoñas al PNV.

Zapatero le eligió para sustituir a Redondo en la Comisión Ejecutiva del PSOE porque no quería a ninguno de los que triunfaron en el último Congreso de los socialistas vascos. Rojo no tenía apoyo alguno, pero Zapatero le dio un sillón. Ahora vemos que va a servir para sustituir él a Redondo y para que otro, dentro de poco, sustituya a Zapatero. Ni tiene criterio ni puede controlar el partido.


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