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El señor Gallardón se encuentra feo

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De que el vicealcalde de la capital, Manuel Cobo, es un político honrado no me cabe ninguna duda. De ahí a ser un “referente ético”, como ha dicho su jefe político, hay un trecho, que no es otro que el exceso obsceno que se ha apoderado de la crisis del PSOE en la Asamblea de Madrid y de sus aledaños. Lo que parece también confirmado es que el señor Cobo es leal a Alberto Ruiz Gallardón y humano, es decir, sensible al halago. Cuando en la cadena SER le preguntan si hay gente del PP que, coincidiendo el esperpento madrileño con la sucesión de Aznar, quiere “darle un zambombazo a Gallardón en su trasero”, responde: “Pues mire, como ustedes me han definido como honrado y sincero le tengo que contestar que sí”. Yo comprendo al señor Cobo, la verdad, porque si a mi me dicen en la radio del grupo Prisa –lo que me temo no ocurrirá– que soy honrado y sincero, a lo mejor la conmoción me hace decir alguna tontería.

Así que lo más significativo del vicealcalde no es esta debilidad escénica, sino la lealtad al jefe que arrostra hasta las últimas consecuencias, asumiendo todos los riesgos, hasta con cierta imprudencia. Tengo para mi que el señor Ruíz Gallardón, que debía pensar que podía sobrevolar la desvergüenza de la Federación Socialista Madrileña (la de los que se han ido y la de los que quedan) como un referente ético, él también, se ha visto sorprendido porque, en la ridícula estrategia del PSOE, se apuntara a su alta magistratura: que sabía algo, que el novio de su concejala conocía a un constructor y hablaba con Tamayo, que su director general del Suelo tenía empresas del sector, que su Gobierno era responsable de una trama que Simancas quería aniquilar, que si tal, que si cual. ¿El PSOE contra el alcalde? ¿La izquierda contra la excepción de progreso del PP? ¿Prisa contra Alberto Ruiz Gallardón? Eso no, debió decirse a si mismo el señor Cobo, eso es como si a Margaret Fuller la despreciaran los italianos.

Me explico. La historiadora norteamericana llegó a París y se entrevistó con el poeta y revolucionario polaco Adam Mickiewicz. El escritor era un agitador político pero, por lo que se ve, movía a la confidencia. La Fuller le confesó que estaba acomplejada porque tenía la idea de que era fea y Mickiewicz le aconsejó que, para superarlo, frecuentase la compañía de italianos. Al señor Ruiz Gallardón le pasa lo mismo, salvando las distancias, y, como un cierto sector de la derecha (a menudo muy a la derecha), se encuentra feo, qué le vamos a hacer, y necesita la compañía de “italianos”. Eso es lo que buscaba el alcalde saliendo de la Asamblea cuando hablaba Tamayo y en la toma de posesión del presidente de Castilla La Mancha.

Y, ante el desconcierto, ante el asombroso espectáculo de los “italianos” zarandeando al jefe, ante la quiebra del procedimiento para desacomplejar a nuestro prometedor político, su fiel colaborador sale a la palestra y aclara, seguramente queriendo consolar al alcalde más que zaherir a su partido, que no son los “italianos”, no, que a los dos les consideran distintos, honrados, sinceros y muy guapos, sino los del PP, que no saben ni lo que escribió Mickiewicz.

Ah, se me olvidaba: Margaret Fuller terminó casándose con un italiano, aristócrata y mucho más joven que ella. El sistema, al menos en París, funciona.

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