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Elecciones y pactos

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Socialistas y populares, con la anuencia del Partido Andalucista, han anunciado estar dispuestos a reeditar el pacto Anti-GIL en el ayuntamiento de Marbella. Ya no está Jesús Gil encabezando la candidatura, pero nadie ha dicho “la lista de ahora no es la de antes”. Tampoco se ha oído explicar que hay que esperar, para hablar de pactos, a que los ciudadanos se pronuncien en las urnas. Ni ha habido candidatos en Marbella que, con un rictus de enorme seriedad, hayan indicado que se sienten libres para pactar con unos u otros. Gil y GIL (persona y partido) son considerados un peligro –se hace saber que los tres partidos citados quieren garantizar “la democracia en el ayuntamiento de Marbella”– y se pronuncian sin reservas antes del día de los comicios. Me parece muy bien.

Lo que me parece escandaloso es que, para el PSOE, resulten ser Gil y GIL más peligrosos que el nacionalismo vasco. Porque, en San Sebastián, el candidato Elorza no sólo se siente con las manos libres para pactar a su antojo, sino que afirma no quererlo hacer con el PP. Y, ¡en Navarra!, Juan José Lizarbe, secretario general del partido, dice que no elimina la posibilidad de hacerlo con el nacionalismo porque “PNV y EA no son lo mismo en el País Vasco” que en su comunidad autónoma. El secretario general de los socialistas vascos, Patxi López, no quiere pronunciarse sobre acuerdos postelectorales.

Quizá tenga razón José Luis Rodríguez Zapatero cuando dice que, en el País Vasco, habrá gobiernos municipales constitucionales allí donde haya un voto más entre PP y PSOE que los obtenidos por los nacionalistas. Quizá pueda imponer al final el sentido común o la autoridad del partido. Pero lo habrá hecho a costa de la quiebra del mismo, al menos en el País Vasco, y de la sensación de falta de autoridad en el momento presente. En febrero de 1999, el entonces secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, convocó a la prensa junto a Lizarbe para dejar claro que ni los socialistas navarros querían el apoyo, aunque fuera con la abstención, de HB ni colaborarían con los nacionalistas vascos que defendían las tesis del Acuerdo de Estella. Ahora Lizarbe habla sin que Rodríguez Zapatero tenga, al parecer, nada que decir.

La falta de autoridad y de coherencia, el complejo a mostrarse clara y rotundamente contrarios al nacionalismo excluyente (porque no parece haber otro programa que “el del PP pero menos, sin que se note”), el afán de que en campaña haya que dejar solo al PP incluso en cuestiones de principio, está llevando a la paradoja de que importantes militantes socialistas del País Vasco y de Navarra hayan manifestado públicamente su apoyo el próximo domingo a las listas del PP y de UPN. Lo hicieron, a favor de María San Gil en San Sebastián, Juan Luis Fabo y Mikel Iriondo, entre otros. Lo han hecho esta semana, a favor de Miguel Sanz en Navarra, Pilar Aramburo (antigua parlamentaria), Manuel López Mazuelas (antiguo portavoz del PSN en el Parlamento) y Lola Eguren (antigua presidenta del Parlamento de Navarra). La respuesta oficial, en ambos casos, ha sido el insulto, que parece más a mano de estos candidatillos socialistas de provincias que los principios democráticos. Sumen a este panorama la verborrea nacionalista (y de nacionalismo expansivo, además, de Maragall y el complejo nacionalista de los socialistas gallegos, además de la tortilla etnicista que se apodera de Aragón y Baleares. A lo mejor creen que disimulan con lo de Gil, pero la falta de claridad en la política de pactos postelectorales allí donde se vive una ofensiva contra el Estado de Derecho demuestra que si Rodríguez Zapatero no lo remedia, tiene muchas organizaciones territoriales más amigas del poder posible que de la democracia y las libertades.


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