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La espera de Zapatero

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Creerá el señor Rodríguez Zapatero que el presidente del Gobierno, otra vez, aprovecha la cuestión nacional para meterle un dedo en el ojo, seguramente, además, en el ojo con el que no vio, hace ahora casi tres años, lo que suponía el apoyo de Balbás, Tamayo y sus amigos. Pero el que realmente se dedica con pasión a meterle el dedo en el ojo es su compañero Pasqual Maragall y yo sospecho que el señor Zapatero, aunque sonría vivaracho, le tiene más miedo que a un nublado y enarbola el espantajo de la derecha monolítica para consolar la espera.

En aquel Congreso sorprendente, cuando al nuevo primer secretario le decían que era como Azaña (elegido por la magia de un solo discurso), ese ojo político lo tenía, me parece, un poco averiado. Se entiende que cuando, según cuentan, se enteró de su elección por una llamada telefónica desde el móvil de José Bono (como en el caso Tamayo, no se sabe qué otras llamadas hizo ese día el presidente de Castilla La Mancha) no pensara en lo que significaban, para su futuro, unos u otros apoyos. Pero parece lógico que pensara poco después en las exigencias del Partido Socialista de Cataluña que, aunque sin voto formalmente obligatorio para sus delegados, había apoyado mayoritariamente al señor Zapatero. O, en todo caso, en que él no tenía la autoridad de González para cortar por lo sano las aventuras internas y externas de la dirección socialista catalana.

Así que, para evitar la ceguera total, pasó el rápido verano del 2000 y el nuevo líder del PSOE, en cuanto se reanudó el curso, se fue a Cataluña. Allí dijo que ambos partidos (así, “ambos partidos”, PSOE y PSC) vivían “un noviazgo intenso”. Los expertos en noviazgos aseguran que la expresión puede significar una cosa y su contrario pero, según mis fuentes, tiende más a las tormentas que a la placidez. Y así ha sido la cosa desde entonces, desde aquella reunión en la que le hablaron de federalismo y de su negativa a que el PSOE se entendiera con el PP en el País Vasco.

El señor Zapatero se salió por la tangente prometiendo un “socialismo municipalista” y coincidencia entre los novios en el nuevo sistema de financiación autonómico. Pero lo de municipalista se quedó en nada, sobre todo después de las últimas elecciones locales, y lo de la financiación, que se aprobó con el aplauso de todos, es otra de las cosas que, muy intensamente, quieren cambiar Pascual Maragall y los suyos. Tambièn quieren cambiar, claro, la Constitución, el Senado, el Estatuto y todo lo que se les ponga por delante, incluso los “planes radiales” del Ministerio de Fomento.

Lo que podía ser un pulso interesante se ha desbaratado. Es decir, el señor Zapatero ha preferido la intensidad de un noviazgo que le va a dejar tuerto a recordar a los socialistas catalanes que, precisamente en el Congreso en el que le votaron, ya le veían las orejas al lobo, reconocieron que muchos dirigentes habían mantenido “posiciones ambiguas” sobre lo que llamaban con paradójico despiste “el modelo de Estado” que hacían dudar del PSOE a muchos ciudadanos. Ahora puede quejarse de que Aznar le mete el dedo en el ojo en el que no se lo ha metido Tamayo, pero aquel lo tenía más que averiado por el compañero Maragall, el que le iba a abrir las puertas de la Moncloa. Aplaudió a la novia, sonrió cuando esta le pidió independencia, se enmascaró ante sus celos y se cargó a Nicolás Redondo, se calló cuando, en las urnas recientes, recibió un varapalo. Le van las emociones fuertes al señor Zapatero, está visto.

Y ahora se diría que el nuevo Azaña, terminado aquel primer discurso, se ha pasado estos tres años como el padre de Igor Kazinirov, que se planteaba el suicidio porque “no podía soportar por más tiempo la espera”. “¿Qué espera?”, preguntó Predrag Matnejevié. “La de que vinieran a buscarlo”. Pues están muy cerca.

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