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La historia se repite

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No querían que el tendero judío estuviera a cien metros del portal. Llegaban los nazis, pintaban los escaparates, destrozaban el género o golpeaban al propietario, pero ellos afirmaban no verlos nunca, aunque se quejaban. Se quejaban de que el tendero judío estuviera allí, no de los nazis que venían a insultarle, a amenazarle, a pegarle. El judío era un incordio, los nazis una suerte de imperativo. Tenían miedo, pero también cobardía y desprecio a la ética. Porque se quejaban, preferían que se fuera. No organizaban grupos para defenderle, no protestaban de que no hubiera vigilancia policial, no se interponían entre la víctima y los agresores. Llegó el día en que los judíos desparecieron del barrio. Unos huyeron, otros fueron arrastrados de sus casas. El filósofo Spaemann cuenta su espanto de niño ante la desaparición de parte de los vecinos habituales, pero otros, por no enfrentarse a su propia cobardía, a su despreciable enfermedad moral, lo negaban. O, sencillamente, lo silenciaban. Si no se hablaba de ello, no los habían llevado a los campos, no estaban atravesando la frontera por el monte, no habían sido despojados de todo en un intento de despojarles de su dignidad. Al fin y al cabo, ya no había una tienda a cien metros que fuese atacada a diario por los nazis.

En Getxo, en la provincia de Vizcaya, los vecinos muestran su rechazo a que la oficina electoral del PP esté instalada en el barrio de Algorta. Ha sido atacada por cuarta vez. La policía autonómica no lo ha impedido, lo que sorprende después de la primera vez. Hay pintadas en los carteles electorales. Los vecinos se quejan, a título personal. No han ido a protestar a la Ertzaintza. No han ido a manifestarse ante Batasuna y sus jóvenes nazis. Se quejan al PP, le muestran el malestar porque estén precisamente allí…


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