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La identidad socialista

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Me temo que el problema del PSOE es un problema de identidad. La oposición tranquila no es una ideología y las dificultades de la reformulación de la izquierda española son algo más que una herencia de la caída del muro de Berlín y la crisis de la socialdemocracia. Rodríguez Zapatero llegó a la secretaría general del PSOE y, tras tantos años de silencio y teniendo que acompasar nuevos y viejos modos (o nuevas y viejas guardias), no resultaba fácil establecer una doctrina sólida. La quiso fundamentar en la cohesión de la nación y el discurso se vino de pronto abajo por su propia voluntad y la de sus mayores. Tras el 11-S creyó que podía teorizar sobre un keynesianismo temporal y moderado pero los vientos iban por otro lado. Se puso en manos de los sindicatos y, tras algunos réditos estratégicos, el asunto, desde el punto de vista de la estrategia, empezó a hacer aguas. Estar contra “la” guerra tampoco es una ideología y la posición del PSOE era muy parecida, por ejemplo, a la del Frente Nacional en Francia. Un fiasco, un problema.

El modo más rápido de dotarse de una identidad es, como se sabe, construirla a la contra, de modo simple y, si se quiere, incluso caricaturesco. Es la solución por la que ha optado el PSOE: su ideología, su programa, su esencia, su trascendencia y su accidente coyuntural es, sencillamente, estar contra el PP. Ya no se define por una doctrina ni por un modo de dibujar la arquitectura social, sino sólo por lo que no es PP. Sus alianzas se establecen de este modo: si IU no es PP es nuestro amigo; si en Navarra los nacionalistas no son PP, son nuestros socios. Su propuesta política, de igual modo: si el Plan Hidrológico es PP, estamos en contra aunque no lo estén los socialistas de tres cuartas partes de España; si la batalla ideológica contra el nacionalismo es PP, el PSOE se hará “vasquista”; si es el PP el que quiere cambiar la enseñanza, nosotros nos abonamos a lo contrario, aunque resulte ser el absurdo.

De este modo tan simple, incluso lo que no gusta o no es presentable en el propio PSOE se convierte en PP. Si aparecen unos diputados díscolos, si hay grupos de intereses en la Federación Socialista Madrileña, si tenemos un ejecutivo sospechoso, todo es PP: el diputado, el grupo, el que le paga, el que le incita, el que cobra. Es simple y, aunque ni produce felicidad ni sirve para ganar las elecciones, parece que consuela.


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