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La lista de Bush

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La postura del PSOE ante el tema vasco es doble, es decir, varía según a quien se consulte. Hay una corriente, importante aunque no esté sentada (alguno sí, la verdad) en los despachos de Ferraz, que se siente desamparada sin los nacionalistas, que ha pergeñado una suerte de teoría “vasquista” de nulo calado intelectual y que cree que el PNV, en vez de ser un problema, es la solución de los males vascos y hay que pactar con ellos aunque sea cediendo en cuestiones fundamentales. Otra, la oficial, se puede definir en la frase “lo mismo que el PP, pero menos”. Ese “menos” es el desideratum, a su vez, de un doble complejo: no molestar a la otra corriente y una estrategia de oposición de la que no se quiere eliminar nada, incluida sorprendentemente la “indignación” que produce la situación política en el País Vasco que analizan los firmantes del manifiesto “Aunque”. A mí, sinceramente, me produce, ya que me están saliendo estas líneas tan “binarias”, una doble pena: conceptual, ante lo que nos jugamos, e histórica, porque hace no mucho, cuando Nicolás Redondo tenía las riendas del socialismo vasco, la iniciativa era suya: salida del Gobierno vasco, denuncia de la deriva soberanista, defensa rigurosa de la legalidad y los derechos individuales, mociones de censura a Ibarretxe, entendimiento de los constitucionales, Pacto por las Libertades. La postura del PP, entonces, era “lo mismo que el PSE, pero desde el Gobierno”.

La reacción de José Luis Rodríguez Zapatero ante la inclusión de Batasuna y otros “alias” de ETA en la lista de organizaciones terroristas del Gobierno de los Estados Unidos, pertenece a ese “lo mismo que el PP, pero menos”. Hay que poner pegas y se le ocurren (otra vez) dos: el valor simbólico con pocas consecuencias prácticas y la relación que se atribuye a Aznar entre esta orden ejecutiva del Departamento de Estado y el apoyo a la guerra en Irak. La verdad es que Aznar no vinculó literalmente la guerra y la lista, sino esta con las buenas relaciones entre los dos países y la defensa que ha venido haciendo del vínculo atlántico. De todos modos, parece un poco ingenuo querer desvincular la cooperación norteamericana en la lucha contra ETA de una buena sintonía entre ambos países y de una coincidencia en los criterios que deben regir la lucha internacional contra el terrorismo.

La política internacional es así, aunque diga Zapatero que Francia y la UE no piden nada a cambio. El propio Felipe González, que acaba de recoger en libro algunos de sus artículos de prensa, cuenta como fue cambiando la actitud francesa para negar la impresión de que en ello algo tuvieron que ver los atentados en ese país. Según el ex presidente, en 1986 la cooperación mejora sensiblemente “por razones fáciles de entender”: “España era ya parte de la Comunidad Europea, se sentaba en el mismo consejo, había resuelto el referéndum de la OTAN. Era, en fin, un socio y un aliado al que no se podía seguir tratando como en el pasado”. La política internacional, insisto, es así y Zapatero debería saberlo. Para buscar, al menos, otro guión de oposición.

En este contexto, la inclusión de los “alias” de ETA en esas listas –en la de Bush y en la de la Unión Europea, gestión que sabemos que avanza– no es, al menos en el sentido que quiere darle Zapatero (“pocas consecuencias prácticas”), simbólico. No es, desde luego, retórico y, si es en algo simbólico, lo es porque representa y hace que se visualice una realidad, la de que la “tolerancia cero” con el terrorismo internacional incluye a ETA y sus diferentes caretas. Las consecuencias prácticas son evidentes, aunque nadie pretende que los grupos criminales de ETA desaparezcan como por ensalmo después de su inclusión en ambas listas: la financiación de ETA y sus métodos de extorsión no son ya una reunión clandestina en un bar de Hendaya, sino complejos sistemas económicos internacionales que ahora pueden contar con la vigilancia y la prohibición de los países socios y aliados, los movimientos de los criminales se dificultarán aquí y allá, las opiniones públicas de esos países conocerán con más exactitud la barbarie totalitaria de la banda, que a menudo ha sido difícil de explicar. Asimismo, la cooperación y las relaciones de la UE y Estados Unidos con otros países –no hay que olvidar que ya sólo Cuba se resiste a una cooperación contra ETA– darán sus frutos.

En definitiva, se trata, por fin, de convertir la lucha contra ETA, que es una lucha por las libertades de los españoles, en una batalla internacional, lo más amplia posible. Si Zapatero no quiere ver las “consecuencias prácticas” es sólo por el empeño de insistir (estrategia equivocada, incluso en lo electoral) en el “pero menos”.


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