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La piel de los socialistas

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Tenían un problema y lo solucionaron. Según José Luis Rodríguez Zapatero en el prólogo al último libro de Pasqual Maragall, los socialistas tenían un problema de comunicación –"que no escuchábamos a la gente"– y, ahora, lo han solucionado. Es decir, se han puesto a escribir libros, conceder entrevistas y dar charlas, que, como todo el mundo sabe, es el mejor modo de escuchar a los demás.

Pero escuchan más a unos que a otros, me temo. Rodríguez Zapatero, en el prólogo al libro de su colaborador Jordi Sevilla (De nuevo socialismo), asegura estar con quienes "son capaces de ponerse en la piel del otro y entender sus argumentos, aunque no los compartan". Unas líneas antes, el secretario general del PSOE, es decir, el mismo prologuista –ya casi un profesional– informa de que la derecha tiene "un relato totalizador y onmiabarcante (SIC)", "un diagnóstico simple y una solución igual de simple" amén de "ineficaz". Para ponerse en la piel del otro, no está nada mal, pero ¿es la derecha, el PP, el "otro" al que se refiere Rodríguez Zapatero? En una entrevista publicada el lunes en La Vanguardia, el presidente del partido y de la Comunidad Autónoma de Andalucía defiende la reforma del Estatuto de Cataluña y el federalismo y tacha la reacción del PP de "histérica". El lenguaje es muy comprensible con el otro: si pudiera, Aznar derogaría el Título VIII de la Constitución "con carácter retroactivo". En otra entrevista, esta vez publicada ayer en ABC, Jaime Mayor Oreja se lamenta de que el secretario general de los socialistas vascos, Patxi López, no haya querido reunirse con él tras el anuncio del plan secesionista de Juan José Ibarretxe. El diálogo, ya se sabe, porque lo fundamental parece ahora tender puentes al nacionalismo de Arzalluz y convertirlo para seguir juntos.

Sin embargo, el libro de Pasqual Maragall (al que el famoso prologuista se refiere como una de esas personas "que ensanchan el mundo") es todo un ejercicio de cómo y en la piel de quién hay que ponerse. Aquí sí hay diálogo, pero es el de Cataluña con España como si fueran, falacia típicamente nacionalista, dos realidades distintas y con la misma entidad.

La piel que hay que probar debe ser, por tanto, la de los votantes nacionalistas, a los que se les promete un proyecto de "cambiar España" con las adecuadas complicidades. No hay duda de lo que se reprocha a CiU: tras siete años de acuerdos con el PP se ha desvanecido la idea del nacionalismo de la coalición catalana.

No estaría de más que, por un momento, dejaran los dirigentes socialistas de escuchar a quienes quieren oír y nos explicaran su proyecto. Porque, de tanta comunicación, se diría que quieren sustituir con más nacionalismo a los nacionalistas catalanes y, así, entenderse con los nacionalistas vascos. Con los gallegos ya lo hicieron.

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