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La preocupación de Zapatero

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El escenario del debate político entre los dos principales partidos españoles tiene un libreto principal. El PP insiste en que su adversario o no tiene o da muestras de incoherencia en el diseño de un proyecto nacional. El PSOE, a su vez, se queja de que, con esas críticas, el PP hace electoralismo con cuestiones con las que, al parecer, no debería. La acusación de electoralismo es un absurdo de los muchos que han tenido éxito en nuestra vida política y, en este caso, debe significar que los socialistas saben que su ascenso en las encuestas, el que les hace sentirse tan ufanos, va en conexión directa con el hecho, circunstancial, de que la cuestión nacional pase a un segundo plano en el debate. En cuanto el nacionalismo –y el terrorismo concomitante– aparecen en escena, los sondeos se inclinan hacia el PP.

Así las cosas, los populares, además de defender sus principios, saben cuál es el punto débil del PSOE. Y nada peor podría ocurrirle a este partido y sus dirigentes que pensar que su vía de agua es la injusta crítica del partido gubernamental y no su propia debilidad doctrinal y práctica en uno de los temas fundamentales del presente político y el futuro inmediato de las libertades.

Zapatero es capaz, sin duda, de tener varias preocupaciones a la vez. Es decir, puede estar preocupado al mismo tiempo por ganar al PP en las próximas elecciones (locales de 2003 y generales de 2004) y por la deriva de la cuestión nacionalista que no es sólo un problema de secesión tácita o expresa, sino de libertades ciudadanas, porque el soberanismo pretende quebrar el concepto de ciudadanía de la Constitución y su significado político. Por eso, en el País Vasco, no le duelen prendas de ir de la mano de los agentes del terror.

El problema de Zapatero, y del PSOE, sería, en todo caso, colocar en primer término la batalla contra el PP y supeditar a ésta el combate contra el totalitarismo nacionalista. Quiero pensar que no desea caer en tal suerte de barbarie moral, pero ya es hora de que lo demuestre con firmeza. Ha elegido estar de acuerdo con todos, si todos manifiestan sus posiciones con obediencia interna y vaguedad oratoria. Si Vázquez o Bono critican con dureza al nacionalismo, Zapatero no tiene nada que oponer. Si Maragall habla de federalismo asimétrico o Elorza de un referéndum a la canadiense, o a lo que sus pocas luces entienden como canadiense, también se suma el secretario general. Se trata de que no pongan en cuestión la estrategia del partido, de que, por el momento, todo valga.

El tiempo que pueda resistir de esa manera no es demasiado y me temo que, día a día, perjudica los intereses del PSOE. Estoy seguro, además, de que perjudica los de los ciudadanos. Zapatero, para ganar al PP, debe tomar como suyo, acentuar y concretar un discurso de defensa de la nación española y los derechos individuales que no es del PP, sino del sentido común y del respeto a las libertades. Si, por diferenciarse de sus adversarios, trata de hacerlo precisamente en esta cuestión, está perdido.

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