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Las dos varas de medir

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Con rapidez, no hay duda, el PSOE ha reaccionado contra sus concejales en Marbella después de que estos anunciaran su apoyo a una moción de censura al alcalde en compañía de parte de los seguidores de Jesús Gil y el Partido Andalucista. El partido invocó el pacto antitransfuguismo, echó la culpa a una suerte de general decadencia de la democracia en España (que es el modo de echarle la culpa de todo al Gobierno), pero reaccionó rápido consiguiendo que dos de sus concejales se retractaran y expulsando a los demás, asunto que el PSOE hace últimamente con una celeridad ajena tanto a la burocracia como al garantismo. En Marbella, por cierto, el PSOE había suscrito un acuerdo con el PP comprometiéndose a no apoyar de ningún modo al GIL. Si no se ha invocado ahora debe ser porque, en el maremagno de rupturas y acusaciones en el antiguo partido de Jesús Gil, ya no se sabe qué es cada grupo.

Sin embargo, cuando algunos socialistas navarros (algo más que algunos concejales, incluso la presidenta del partido en la comunidad autónoma) pactaron con nacionalistas y grupos subsidiarios de Batasuna el gobierno de varios municipios, el PSOE tuvo otra actitud. No hubo expulsiones inmediatas ni enérgicas peticiones para que se devolvieran las actas. Tampoco alusiones al daño que hacían al partido, como ha ocurrido en Marbella. El PSOE, en declaración solemne del propio secretario general, dijo que tenía que oír a los interesados-implicados. Respecto al PNV, el PSOE –más allá de la letra del Pacto contra las Libertades y el Terrorismo (que no fue en este segundo caso invocado para exigir nada a los socialistas navarros)– no quiso en las últimas elecciones manifestar acuerdo alguno con el PP.

¿A qué se debe esta distinta vara de medir? ¿Considera el PSOE más grave la política local de los herederos políticos de Jesús Gil que la ofensiva nacionalista y secesionista de PNV-Batasuna-ETA? No lo creo o, para ser más exacto en una expresión que quiero sea escéptica, no puedo creerlo.

Me parece, más bien, que la dirección “federal” del PSOE reacciona cuando puede, es decir, cuando su batiburrillo interno se lo permite. Si se firma un acuerdo anti-GIL, si se expulsa a los díscolos concejales de Marbella o se pide sus actas, Maragall no protesta. Si se hubiese reaccionado con premura y coherencia contra la vergonzosa actitud de los electos navarros, si se hubiera acordado algo, lo que sea, con el PP en el País Vasco, los socialistas catalanes habrían puesto el grito en el cielo. Y ni el PSOE actual ni José Luis Rodríguez Zapatero pueden permitírselo.

El documento elaborado por el secretario general para el próximo Comité Federal no está concebido para establecer una posición común ante el devenir de las autonomías –puesto que no todos lo necesitan (véase Bono) o, mejor, casi nadie lo necesita–, sino para mayor gloria de Maragall. Maragall se ha convertido para Zapatero en una obsesión porque, sencillamente, necesita un triunfo electoral después de tantos palos y desilusiones. El programa, y las reservas a la incoherencia en materia nacional que ya se explicitaron en documentos del último congreso socialista, no tienen ya importancia en una deriva que es sólo táctica. Se busca únicamente que Maragall esté feliz, que pueda desarrollar su estrategia, que gane por lo que más quiera aunque sea pactando con Esquerra y con un programa más nacionalista que el de Pujol y Mas. Que gane como sea, que nos saque del atolladero de fracasos y líos, que no proteste por nada, que sea feliz.

Ese el único programa del PSOE, a pesar de que las encuestas –que son tan manejadas en Ferraz– señalen últimamente que las aventuras de Maragall hace que CiU reduzca su diferencia previa. Y es tan el único programa del PSOE que, según leo en una enternecedora confidencia publicada en El País, el presidente de Extremadura le dijo a Aznar que, con la política seudonacionalista de Odón Elorza, lo que ocurre es que gana un socialista y no un nacionalista. Todo es puro nominalismo: uno dice que es socialista y puede hacer lo que le venga en gana… si no molesta a Maragall.

Pero se equivocan Zapatero, Ibarra, Elorza y demás. Quizá gane, a pesar de todo, Maragall, pero en las condiciones en que hipotéticamente se fuera a dar ese triunfo, está la tumba del líder y del partido en las próximas generales. Parece que el único que lo sabe es Maragall, que tiene un programa más victimista (para presentarlo ante un Gobierno español adversario) que de sentido común (para colaborar con un Ejecutivo amigo).

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