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Los europeístas

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Todo vale si el enemigo es Estados Unidos. En los últimos meses, ha sido argumento recurrente que la posición española en la guerra y en la posguerra de Irak se alejaba de los patrones europeos en beneficio de una suerte de servilismo al imperio americano. Ninguno de los analistas contrarios al atlantismo del Gobierno de Aznar concibe Europa sin Francia y Alemania, y a sus criterios deberíamos plegarnos sin dudarlo. Con esto del europeísmo hay algunos que tienen suerte y, así, la izquierda se coloca del lado de la grandeur francesa sin ponerle un pero, mientras reprocha antieuropeísmo, o en todo caso euroescepticismo, a cualquier comentario británico.

La realidad es muy otra. El Reino Unido ha sido receloso con algunas políticas europeas con un argumento difícil de rebatir: la Unión tiene un claro déficit democrático y no puede imponer a los británicos, sin el refrendo de las urnas, políticas distintas a las que ellos han aprobado democráticamente en su país. Por contra, es un país que, en mucha mayor medida que otros continentales, cumple, cuando los establece, sus compromisos.

Francia y Alemania, sin embargo, cuentan con crédito, pero la verdad es que no hay en estos momentos Gobiernos menos europeístas que los de esas dos grandes naciones. No se concibe, es cierto, Europa sin ellas, pero ellas no son precisamente las políticas actuales de sus gobiernos. Ante la alianza internacional contra el terrorismo, además, representan lo que significan simbólicamente en manos de los antiamericanos, pero son una minoría. La reunión de políticos, economistas e intelectuales de los nuevos países de la Unión celebrada recientemente en Hungría ha revelado la oposición a las políticas de París y Berlín de la mayor parte de Europa. Su falta de ortodoxia, su desprecio a las directivas y a los pactos europeos, afecta ya a todos. Es decir, los pagamos todos los europeos. Se entiende el mosqueo de un polaco al enterarse de que debe abonar las extravagancias económicas de Schroeder y Raffarin. El próximo domingo se celebra en Suecia, en medio de la conmoción por el asesinato de su ministra de Asuntos Exteriores, el referéndum sobre el euro. Su primer ministro ya había advertido hace semanas que las políticas de estos dos países (y de otros como Italia) dificultaban el respaldo mayoritario de los suecos a la moneda única.

Ahora, en Francia, comienzan a reprochar a Raffarin la demagogia y el contenido de su rebelión contra la Comisión Europea. Por falta de europeísmo, por falta de cumplimiento de los compromisos adquiridos y por favorecer las tesis tradicionales de Le Pen sobre los nocivos efectos de la Unión Europea. Para resolver sus problemas internos y para forzar una absurda “identidad” que proteja a sus gobiernos de sus errores, Francia y Alemania se han convertido en la punta de lanza del antieuropeísmo. Curiosa paradoja.


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