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Mendacidad, terror y resistencia liberal

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Repasemos. En los últimos días, el señor Arzalluz ofrece apoyo a Batasuna y pide a la Universidad del País Vasco que suba al monte porque una nueva normativa impedirá que los criminales de ETA se aprovechen de esa institución pública. El rector Montero, naturalmente, se sube al monte y a donde haga falta. El señor Ibarretxe sigue dando vueltas a su concepto étnico del Pueblo Vasco y afirma, sentencioso, que ese invento tiene 70.000 años y está perseguido por todos. El etarra Otegi grita que el País Vasco es más suyo que de los ciudadanos que votan no nacionalista. El diputado Anasagasti arremete contra el presidente de la Conferencia Episcopal porque el Papa no ha seguido en Madrid el esperpéntico guión del PNV. El consejero Madrazo defiende a Batasuna, arremete contra el Tribunal Supremo, y dice que, si en España hubiera Justicia independiente, la lista electoral que debería ser prohibida sería la de Bilbao, porque la cierra Aznar…

Si nos remontamos a la pasada semana, o a la anterior, encontraremos, con los mismos o similares protagonistas, declaraciones similares, salidas de pata de banco y manifestaciones refractarias a la democracia y el Estado de Derecho. El nacionalismo vasco y sus alrededores se dedican a eso, día tras día, es lo único que saben hacer.

Y, cada semana, hay que denunciarlo, desmontarlo, colocarlo en el lugar que le corresponde. Resulta cansado y se precisa, además, una cierta capacidad de sobreactuación ante un cúmulo tal de barbaridades nazi-fascistas: está cambiando el mundo, aparecen aquí o allá monumentos intelectuales, amplias zonas del mundo se enfrentan a graves problemas, en otros lugares tratan de desquitarse de yugos ancestrales, y tenemos que volver la vista hacia tanta imbecilidad.

Pero esa imbecilidad lleva aneja y acompasada la muerte, la agresión de los derechos humanos y las libertades, la premodernidad antidemocrática y el terror. Conviene no perderlo de vista cuando aparece el hartazgo y la tentación de ceder, aunque sólo sea por no ser demasiado insistente. ¿Una tregua en esta batalla? Ni hablar. En todo caso, la que aconsejaba Albert Camus en una entrevista: “la que obtendremos al final de una resistencia sin tregua”. Él sabía, y lo escribió refiriéndose precisamente a España, que “la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios. Se edifica sobre las faltas de los liberales”. Se trata de que, aunque sea cansado, no ocurra.

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