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Una prensa vergonzante

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Estuve en la concentración de repulsa de la dictadura castrista y dirigí unas palabras a los asistentes junto a otras personas, periodistas e intelectuales, que fueron invitados a hacerlo por los organizadores. En Libertad Digital escribí, horas después, que sentía alegría porque, por fin, los españoles, tanto tiempo acomplejados ante Castro, se solidarizaban ante las familias de las víctimas de Castro, los encarcelados y los desterrados por la opresión comunista. Hoy, apenas veinticuatro horas después, tengo que certificar que lo de “los españoles” era exagerado.

Los dos principales periódicos españoles parecen haber optado por el desdén, por la superioridad, por la predicación progresista. Ambos reducen el número de los asistentes, pero eso es lo de menos. Lo más significativo es que han querido presentar la concentración como una suerte de reunión derechista e intransigente en la que se abuchean algunas presencias o intervenciones por falta de apego a la democracia o en la que se citan algunos nombres como resorte para levantar pasiones. Al periodista de El País le puede parecer una “habilidad” que Mikel Azurmendi citara a Saramago, a Madrazo o a Ibarretxe. Al editorialista de El Mundo la indignación de quienes padecen el exilio le puede parecer “sectarismo derechista”. La desgracia es de ellos.

Ambos periódicos se tomaron muy simpáticamente las consignas antigubernamentales, las pancartas insultantes y la indigencia intelectual de los manifiestos “contra la guerra” de Irak. Era “el pueblo” que estaba enfadado ante lo “ilegal e ilegítimo”. Las protestas por todo ello iban a beneficio de inventario, sin más. Claro que al editorialista de El Mundo le parece muy sensato que Fernando Trueba dijera que las movilizaciones contra le guerra y las denuncias contra el castrismo son “complementarias”. Al parecer, los desterrados cubanos, los represaliados por la dictadura de Castro, no son “el pueblo enfadado” y no pueden, después de 44 años de represión brutal, mostrar su malestar porque se vaya a la concentración diciendo que se va a denunciar a Castro y el inexistente “bloqueo” de los Estados Unidos o que se les mente allí mismo que tienen que aprender a unir y no a separar.

Al parecer, las víctimas de esta asquerosa dictadura tiene que sonreír, leer a inteligentes analistas en la prensa española y comprender que, para una vez que se dice en la calle que Castro es un asesino, haya de ser diciendo que otros los son y que en otros sitios hay señores que, aunque no lo sean, son muy malos. Y si otros dijeron que Bush atacaba a Sadam Husein porque es un “derechista”, ellos no puedan exclamar que el que les amarga la vida es un “izquierdista” que ha sido masajeado una y otra vez por tanto progresista afín.

Los muy ilustrados periodistas, reporteros o editorialistas a los que me refiero, tampoco han querido distinguir a los convocantes de los que gritaron su enfado. En el caso de la guerra de Irak lo hicieron muy bien y muy continuadamente. Porque fueron los convocantes los que invitaron y pidieron al PSOE que estuviera allí y a Fernando Trueba a que se dirigiera al público. Pero el editorialista de El Mundo dice que la indignación resta credibilidad al movimiento anticastristra (¿credibilidad? ¿no se creen todavía lo que hace Castro?) y que “algunos pueden estar tentados a indentificar(lo) con la derecha más reaccionaria de este país”. Una cosa es que en los periódicos se escriba rápido, otra que se digan estas sandeces.

Yo habría preferido que no se abucheara a Caldera y en la tribuna de la concentración le saludé personalmente. Habría preferido también que se respondiera con el silencio a Fernando Trueba, que leyó una carta en la que, sí, denunciando a Castro, se decía, muy sibilinamente, que esta vez no era “maniplulación” la presencia de algunos nombres de artistas en documentos “críticos” con la dictadura. Pero comprendo el enfado de los que la padecen de verdad y me asquea que algunos periódicos, que no repararon al parecer en las voces que allí se alzaron para denunciar que sus colegas cubanos estén encarcelados (¿qué habría pasado si fuesen ellos los que, no ya encarcelados, se quedaran sin las muchas ayudas públicas que han venido recibiendo?), no vean más allá de su afán de ser europeos que tienen que explicar al mundo cómo deben hacerse las cosas y quién puede mostrar malestar y quién no. Y sobre todo, quién tiene derecho a matices para no ser del todo enemigo de la dictadura y quién debe callarse la indignación porque debe aceptar lo que se diga sin matices de ninguna clase.

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