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Una señal de alarma

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Lo saben los que las pagan y los que las cobran: las encuestas pueden interpretarse de muchas maneras o, como dicen ahora los cursis, tienen "varias lecturas". Ensayemos una de la última del CIS.

El Partido Popular supera en 3,9 puntos al PSOE. La distancia entre ambos se ha reducido pero debe tenerse en cuenta: a) el desgaste de los años de Gobierno, valorado como tal –y no comparativamente– en un escenario en el que no hay elecciones generales próximas, b) el momento estratégico del partido gubernamental, que aún no tiene elegido el candidato y que, por lo tanto, no ha apretado el acelerador de la campaña, y c) el dato de que, con encuestas con empate técnico en 2000, el PP obtuvo mayoría absoluta. Es la lectura que vengo oyendo de los representantes del PP.

Todo esto está muy bien, pero el peligro para el PP no reside en los guarismos elaborados por los expertos del CIS (que, sin duda, son muy buenos y honrados profesionales), sino en algunas tendencias explicitadas en la misma encuesta. La primera, el ascenso paulatino del PSOE, es decir, la impresión creciente de que este partido ya no es la caótica organización que se opuso en 2000 al proyecto de José María Aznar con un Almunia debilitado y discutido. La segunda, el ascenso –paulatino también– de quienes aseguran tener ya el voto decidido a favor del PSOE y que, a fecha de hoy, siempre según este sondeo, son más que los que se muestran hoy convencidos de votar al PP.

Los socialistas, con un toque de demagogia, han señalado que la combinación de un dato y otro (el voto decidido y la estimación) revela que la "cocina" de la encuesta incluye una cierta manipulación a favor del PP. La acusación, sin otro fundamento, es tan injusta como absurda. El PSOE, en vez de la cháchara demagógica, debería aprovechar su oportunidad y el PP, en vez de consolarse con subrayar la tontería dialéctica de sus oponentes, tendría que analizar, a mi juicio, el por qué de la resistencia a decidir ya el voto de quienes les votaron hace dos años y pueden lógicamente votarles en el futuro.

Pero la alarma que debería encenderse en la sede del PP tiene todavía dos elementos más. Uno, la valoración de Zapatero, superior en 0,51 puntos a la del presidente del Gobierno. En la encuesta anterior, que arrojaba en esta cuestión resultados similares, José María Aznar replicó diciendo que él no estaba ya en la carrera. El consuelo, si tiene algo de ello esta salida retórica, le serviría a él, pero no a su partido de cara a los próximos comicios generales. Estoy convencido de que la razón del "éxito" del secretario general de los socialistas es, simplemente, que en la derecha hay menos sectarismo a la hora de valorar al adversario que en la izquierda. El votante de derechas puede estimar, aunque no vaya a votarle, ciertas actitudes del candidato socialista; el de izquierdas lo tiene prohibido porque el mensaje que recibe, lejos de ser una alternativa detallada y fundamentada, no es otro que el cúmulo de males del PP y su Gobierno. Este elogio a la liberalidad de la derecha debe tenerse en cuenta por el partido que desee sus votos: hay menos obediencia ciega, menos uniformismo, menos docilidad. Para sostener su voto hay que seguir ofreciéndole un programa y unas ideas convincentes. A lo mejor no votan jamás al PSOE pero pueden muy bien quedarse en casa de la misma manera que hoy aseguran que no tienen el voto definitivamente decidido.

Por último, la estimación del CIS sobre las elecciones municipales, para las que falta menos tiempo y en la que ya se conocen la práctica totalidad de los contendientes, no ofrece muchas variaciones respecto a la situación actual. Fueron las anteriores unas elecciones muy reñidas y parece seguro que lo serán las del año que viene. En este escenario, los comicios en Madrid, por su importancia numérica y por ser la capital o la comunidad autónoma en la que está la capital, en un símbolo reseñable de las tendencias de cara a las generales del siguiente año. Y, precisamente en Madrid, el resultado es complicado para el PP: no hay seguridad en el triunfo de Esperanza Aguirre contra Rafael Simancas a pesar de la diferencia de peso político de una y otro y, en la capital, el esplendoroso candidato del PP (que parece tenerlo mejor ante Trinidad Jiménez) obtiene una valoración muy mediocre por los ciudadanos de la comunidad autónoma que ahora preside. Quizá venga en ayuda del PP el supuesto descalabro de Izquierda Unida, pero la apuesta sigue teniendo sus riesgos.

Sobrarían todos estos datos si, sencillamente, nos fijamos en el desconcierto del PP incluso para administrar la ventaja teórica que el CIS le asigna. Aún hay tiempo para reaccionar ante las alarmas, pero...

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