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Gina Montaner

La sonrisa del verdugo

Es inevitable preguntarse: ¿el terminator laboral nace o se hace? Es decir, ¿acaso uno sueña desde pequeño con un puesto dedicado a descabezar al personal como el que aspira a ser doctor, abogado o científico?

Gina Montaner
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No me extrañaría que triunfe en la próxima ceremonia de los Oscars. Me refiero a Up in the air, el filme interpretado por George Clooney y dirigido por Jason Reitman que ha cautivado al público y a los críticos.

Más allá de los méritos de una película con un guión redondo y un elenco magnífico, lo que atrapa es la historia que nos cuenta porque el dilema que plantea nos resulta familiar. Basada en la novela homóloga de Walter Kirn, la cinta nos presenta a Ryan Bingham, un ejecutivo cuyo trabajo consiste en viajar por todo Estados Unidos despidiendo a empleados de grandes corporaciones. El tal Bingham –interpretado por Clooney con su coolnes habitual– hace el trabajo sucio de los directivos que tratan día a día con sus peones. Y lo desempeña con la frialdad y el cálculo que requiere tan desagradable profesión, siempre listo para afrontar las reacciones adversas de quienes sienten cómo sus vidas se desmoronan en el amargo instante del despido. Porque los que empuñan el hacha en el aséptico y eternamente jovial departamento de Recursos Humanos han sido entrenados en el empleo de eufemismos (expresiones claves como "periodo de transición", "otros horizontes", "mejores oportunidades") que momentáneamente amortiguan el golpe de la verdad: un despido en toda la regla que, en el mejor de los casos, viene acompañado de un "paquete compensatorio". Con el más helado de sus mohines, el tal Bingham se apresura a dar el panfleto explicatorio para disipar la amenaza de una demanda, un paso en falso que podría dar al traste con su propio puesto. Y nunca falta la palmada en el hombro antes de desahuciar a la persona derrotada y a punto de vaciar en una triste caja las fotos, tazas y lápices que se acumulan en el falso hogar que muchos creen ver en las empresas.

Cuando uno ve a Clooney transformado en un hit man corporativo cuya felicidad se cifra en los aeropuertos donde pasa media vida, los hoteles donde pernocta y la cantidad de millas que ha logrado acumular, es inevitable preguntarse: ¿el terminator laboral nace o se hace? Es decir, ¿acaso uno sueña desde pequeño con un puesto dedicado a descabezar al personal como el que aspira a ser doctor, abogado o científico? Se comprende que tiene que haber especialistas en la eutanasia laboral al igual que alguien debe pulsar el interruptor de la silla eléctrica o aplicar la inyección letal al condenado a muerte. Pero no dejan de ser tareas harto antipáticas que espantan a amigos y conocidos. Cuando llegan a casa después de una ejecución no debe ser fácil sentarse a la mesa y contarle a los críos los sucesos del día. Me pregunto si los Ryan Bingham comparten en la cena las impresiones que les causaron los despidos de la jornada. Las tribulaciones de la secretaria cesada. El tipo que estaba a punto de jubilarse. La mujer separada con un hijo pequeño. El recién casado. El hombre con la esposa enferma. Casos reales. De carne y hueso. Individuos desmadejados que querrían hacer callar al tal Bingham con sus palabras huecas y gremiales, aprendidas de carrerilla en algún seminario impartido con power point. Es el mensajero agorero que le ahorra al jefe de toda la vida el sofoco de decir a la cara "Lo siento, pero tengo que despedirte porque en momentos de crisis económica no queda otra". Por ejemplo.

Tal vez la tesis de Up in the air sea demagógica y esquemática, pero es irremediable que el público se identifique con los seres que el tal Bingham descarta con el despego de quien arroja una bolsa de basura. A fin de cuentas, cuando el protagonista ve en peligro su cargo ante la llegada de un chacal con más garras que él, su voz se torna trémula y siente que se desploman las nubes en las que vive. Tarde o temprano a casi todos nos llega la guadaña profesional antes que la definitiva que nos jubila de este mundo. Pero se agradece la concisión en el anuncio del finiquito antes del maldito rodeo de manual barato y falsamente motivacional. Lástima que no podamos arrancarles la sonrisa a nuestros verdugos antes de recibir el premio del (des)consuelo.

© Firmas Press

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