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Guillermo Domínguez

Selección española: ¿cómo quieren que nos enganchemos así?

Hoy muchos aficionados no saben quiénes son Abel Ruiz, Brais Méndez, Robert Sánchez o Pablo Fornals, y mucho menos dónde juegan.

Guillermo Domínguez
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Hoy muchos aficionados no saben quiénes son Abel Ruiz, Brais Méndez, Robert Sánchez o Pablo Fornals, y mucho menos dónde juegan.
Lance del Suecia-España disputado el jueves en el Friends Arena de Solna. | Cordon Press

Venimos de una Eurocopa donde la selección española acabó dejando buen sabor de boca, yendo de menos a más para caer, con la cabeza bien alta, en semifinales frente a Italia, a la postre campeona. Luis Enrique ha sembrado muchas dudas a lo largo del camino durante su etapa como seleccionador —incluido ese triste parón de un año y medio por la muerte de su hija Xana—, pero en el Europeo se ganó un notable alto gracias, entre otras cosas, al sello personal que ha imprimido en el equipo, donde ha apostado por jugadores que ni siquiera muchos aficionados conocían.

Polémicas decisiones en su caso, como la de dejar fuera del gran torneo continental de selecciones a Sergio Ramos y no llevar por primera vez a ni un solo jugador del Real Madrid en casi cien años de historia. Gustará más o menos, pero España dio la cara en la Eurocopa. Apostó también Lucho por dar el peso de la selección a jugadores jóvenes como Pedri, Dani Olmo, Mikel Oyarzabal, Eric García, Pau Torres… tratando de decir, como en la canción de Radio Futura, que "el futuro ya está aquí".

Pero anoche, en Solna, vuelta a las andadas. Derrota contra Suecia que complica el camino de España hacia ese Mundial inmoral que se va a jugar el próximo año en Qatar, donde ya habrían muerto unos 7.000 trabajadores inmigrantes desde que el torneo se asignó al emirato en 2010. Ése es otro tema. Al final, en las cuestiones estrictamente balompédicas, el equipo de Luis Enrique –esta vez el asturiano, que utiliza la selección cual Quimicefa, se llevó a jugadores como Abel Ruiz, Fornals, Brais Méndez y un Carlos Soler que fue de lo poco positivo en el Friends Arena– hizo aguas en tierras suecas, viéndose superado por un rival, el conjunto de Janne Andersson, que demostró tenerle tomada la medida, haciéndole mucho daño a la contra (con Isak y Kulusevski como estiletes), demostrando compromiso colectivo (generoso esfuerzo de Forsberg, empeñándose tanto en ataque como en defensa) y erigiéndose como una roca atrás (el portero Robin Olsen apareció poco pero, cada vez que lo hizo, fue para desbaratar las ocasiones españolas, como en un par de peligrosos remates del revulsivo Adama Traoré). La temida repesca parece estar esperando a la vuelta de la esquina, como si fuera la niña de la curva.

Aún recuerdo como si fuera ayer aquel partido del 17 de noviembre de 1993 en el Sánchez Pizjuán, donde España se impuso por 1-0 a Dinamarca, con un gol de cabeza de Fernando Hierro, para certificar el billete al Mundial de Estados Unidos’94. El caso es que aquella Dinamarca era como la Suecia de hoy, pero la España actual no se parece en nada al conjunto que hace 28 años dirigía Javier Clemente. Al margen del debate sobre la calidad de unos y otros, el del Rubio de Baracaldo era un equipo bastante más reconocible por todos, y no sólo por los nombres, que enganchaba más con el aficionado: todos los seguidores conocían perfectamente a los Hierro, Alkorta, Chapi Ferrer, Zubizarreta, Salinas… y hasta el propio Luis Enrique, que luego, meses después, sufriría en sus carnes el codazo de Tassotti. Hoy la gran mayoría de aficionados no sabe quiénes son Abel Ruiz, Brais Méndez, Robert Sánchez o Pablo Fornals, y mucho menos dónde juegan.

Decía Luis Rubiales tras la Eurocopa, y con los datos en la mano —15 millones de españoles vieron la tanda de penaltis contra Italia en las semifinales de la Eurocopa—, que la gente "se ha vuelto a enganchar" a la selección, pero da la impresión de que Luis Enrique quiere desenganchar al aficionado. No sólo por los nombres, sino por la actitud que muchas veces muestra su equipo en los partidos. Parece que los partidos de clasificación, aunque sean para un Mundial, como que no interesan.

El de anoche en Solna era de enjundia, pero España falló a la hora de la verdad. Ahora llegan los choques ante Georgia y Kosovo, a priori bastante asequibles, y ya en octubre la semifinal de la Liga de Naciones contra Italia (el otro duelo es Bélgica-Francia). Veremos qué equipo lleva entonces Luis Enrique y, sobre todo, con qué predisposición salen los suyos al terreno de juego.

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