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Guillermo Dupuy

A falta de reformas, disparates

Si comprar productos españoles –por el mero hecho de serlos–, fuera bueno para los españoles, ¿por qué no lo sería también para los murcianos, catalanes o vascos comprar sólo bienes producidos en sus respectivas autonomías?

Guillermo Dupuy
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Uno ya no sabe que le causa mayor rechazo: si la absoluta renuencia del Gobierno de Zapatero a emprender las reformas liberalizadoras que pide a gritos nuestra mortecina economía o las ocurrencias y disparates con los que el Ejecutivo trata de encubrir su irresponsable negativa.

El Plan E (con E de endeudamiento) ya ha dejado en evidencia el caso omiso de este Gobierno a los requerimientos de disciplina presupuestaria que esta misma semana le volvían a hacer organismos e instituciones como el BCE o la agencia de rating Standard and Poor's. Pero el ministro de Industria, Miguel Sebastián, acaba de tener una ocurrencia tan disparatada que bien puede eclipsar las no menos ignoradas recomendaciones que estos mismos organismos también le han hecho a nuestro Ejecutivo a favor de reformas estructurales, especialmente en el terreno laboral y energético. La ocurrencia de Sebastián no es otra que la de pedir a los españoles que no compren productos extranjeros en favor de los españoles.

La capacidad de Sebastián para el disparate ya quedó de manifiesto en su día cuando, en lugar de fomentar la liberalización del mercado energético y superar la reaccionaria oposición de este Gobierno a la energía nuclear, trató de abordar nuestro déficit energético con el fomento del uso de bombillas de bajo consumo. Que ahora el ministro desempolve el mal llamado proteccionismo, no sólo resulta preocupante por cuanto supone ignorar la historia y la teoría económica más elemental, sino también por los delirantes extremos a los que llega el horror vacui de este Gobierno por culpa de su tozuda negativa a bajar los impuestos, reducir el gasto público o flexibilizar el mercado laboral.

En lugar de llevar a cabo medidas como estas que tanto requieren nuestras empresas, Sebastián pretende que los españoles nos fijemos en la nacionalidad de los productos (en lugar de en su calidad o su precio), perjudicándonos a nosotros mismos en tanto que consumidores y también, si los extranjeros nos respondieran con la misma moneda, en tanto que exportadores. Es más, siguiendo la errada lógica de Sebastián a nivel autonómico, su recomendación podría ser perjudicial hasta para los productores españoles. Y es que si fuera bueno comprar productos españoles por el mero hecho de serlos , ¿por qué no sería bueno para los murcianos, catalanes o vascos comprar sólo bienes producidos en sus respectivas autonomías?

En lugar de tener presente conceptos económicos básicos como las ventajas comparativas, la división del trabajo, la competencia, los costes de oportunidad y, en general, los beneficios que otorga un comercio sin fronteras, Sebastián explota un nacionalismo que implica una empobrecedora vuelta a la autarquía. Tratando de emular a Kennedy, Sebastián se ha manifestado como un auténtico analfabeto en materia económica; intentando arroparse con los dignos ropajes del patriotismo, Sebastián nos ha mostrado esa clase de "patriotismo" –más bien, envilecedor nacionalismo– que practicaban los que no dudaron en llamar "antipatriotas" a quienes advertían de la dura realidad que atravesamos; o los que ahora utilizan la E de España para encubrir el Endeudamiento. Son esa clase de "patriotas" que luego, en realidad, no tienen reparo alguno en simeterse y tener como aliados a formaciones abiertamente secesionistas. Es esa clase de "patriotismo" que alguien relacionó en su día con los canallas, pero que nosotros denigramos como el último refugio de los incompetentes.

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