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Guillermo Dupuy

Un Gobierno de delincuentes y una tibia oposición

¿Qué hacía Rubalcaba sino perpetrar un delito de encubrimiento cada vez que decía que "al Gobierno no le constan esas cartas de extorsión", aun cuando su existencia había sido reconocida y justificada hasta por la propia ETA en Gara?

Guillermo Dupuy
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Ante las actas de la reunión del 22 de junio de 2006 que mantuvieron los representantes del Gobierno y ETA, cuyo contenido publica el diario El Mundo este lunes, no se me ocurre mejor comentario que el que hiciera nuestro diario 19 días después de que se produjera esa infame reunión, aun sin tener conocimiento de ella, en un editorial que, precisamente, llevaba por título "un pacto entre criminales y mentirosos".

Y es que esas actas, en el fondo, no vienen sino a confirmar lo que desde hacia mucho tiempo era evidente: a saber, que el proceso de paz de Zapatero no se trataba de un error como el que había cometido Aznar y sus antecesores con otros "procesos de paz", sino ante un infame proceso de colaboración con una organización terrorista que, exceptuando Estella o Perpiñán, no tenía precedentes en nuestra historia. Esa infamia era evidente desde antes incluso de empezar oficialmente ese "proceso de paz"; pero por aquel entonces eran muy pocos los medios de comunicación que parecían ser conscientes de la extrema gravedad de lo que estaba pasando. Hasta el diario El Mundo se permitió reprochar editorialmente a Rajoy lo que este, en una buena tarde, le dijo a Zapatero en el debate sobre el Estado de la Nación de mayo de 2005: "usted traiciona a los muertos y ha revigorizado a una ETA moribunda".

Ahora esas actas, que El Mundo tiene el acierto de publicar, simplemente confirman que el posterior "chivatazo" a ETA no es más que un capítulo de una historia de infamia que arranca desde mucho tiempo atrás, y en la que, en nombre de una paz envilecida y a las ordenes de un Gobierno aliado con formaciones separatistas, se perpetraron muchos más delitos que el que se cometió en el bar Faisán. En este sentido, ¿nos debemos sorprender ahora de que el Gobierno perpetrara el delito de eludir el deber de detener a delincuentes? Pero, ¿qué hacía Zapatero sino eso cuando, en lugar de dar órdenes de apresar, se dedicaba, por ejemplo, a enviar mensajitos a Josu Ternera a través de Eguiguren? Asimismo, ¿nos debemos sorprender, ahora, cinco años después, de leer que "el ministro tiene un montón de cartas [de extorsión] que no ha hecho públicas"? Pero, ¿qué hacia Rubalcaba sino encubrir ese delito etarra cada vez que decía que "al Gobierno no le constan esas cartas de extorsión", aun cuando su existencia había sido denunciada por sindicatos policiales, por empresarios que habían sido destinatarios de ellas, y hasta por la propia ETA, que los había justificado en Gara por razones de financiación?

Ahora lo que nos debe estremecer –aunque tampoco sea para nada novedosa– es la tibia reacción del principal partido de la oposición ante la confirmación de la infamia perpetrada por este Gobierno felón y delincuente. Sáenz de Santamaria se ha limitado, ante un corrillo de periodistas, a pedir explicaciones genéricas a Rubalcaba, a quien aun le ha concedido el beneficio de la duda. Rajoy ni siquiera ha querido hacer la más mínima declaración. En cuanto a las peticiones de dimisión de Rubalcaba que se han hecho desde el PP, además de vagas y ya conocidas, son improcedentes por cuanto lo que apuntan esas actas no es una responsabilidad política sino una responsabilidad penal del ministro y del Gobierno en ese proceso de colaboración con banda armada.

¿Se quiere acaso desde la dirección del PP pasar página a la "paz sucia" de Zapatero como en parte se hizo con los GAL? En ese caso, ¿cómo es posible que gente que arriesga su vida ante ETA la silencien ahora nauseabundas razones de Estado o cálculos electoralistas que recomiendan un perfil bajo de oposición, centrada exclusivamente en la crisis económica?

Yo no sé a ciencia cierta a qué se debe tan clamorosa falta de ponderación en la reacción del PP ante una asunto de tan extrema gravedad. Lo único que puedo hacer es recordar por enésima vez, y por este mismo asunto, lo que decía Julián Marías para no eludir los extremos cuando es menester: "Una estimación tibia ante lo que merece entusiasmo es un error; un débil desagrado o mohín de displicencia ante lo repugnante es una cobardía".

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