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Guillermo Dupuy

Zapatero y la más antisocial de las pasiones

No hay margen para que una subida de impuestos o la creación de otros nuevos sirva para reducir el déficit. Este objetivo sólo se puede y debe alcanzar ampliando la reducción del gasto público hacia donde Zapatero no ha querido meter la tijera.

Guillermo Dupuy
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Con el objetivo de encubrir el hecho de que va a llevar el mayor recorte de gasto social de nuestra historia, el Gobierno nos ha anunciado la creación de un nuevo tributo que no afectará a las clases medias sino tan sólo a "las grandes fortunas".

Dudo mucho que este nuevo impuesto vaya a distraer a los ciudadanos del hecho de que hay casi cinco millones de parados, de que los funcionarios van a ver reducidos sus salarios por primera vez en nuestra democracia o de que los jubilados van a tener también por primera vez congeladas sus pensiones. De lo que estoy seguro es de que este impuesto, si de verdad sólo va a afectar a "los ricos", va a tener un efecto nulo, sino contraproducente a medio plazo, en el volumen de lo que recauda el Estado. Y esto por varias razones.

La primera, porque estos ciudadanos podrán ser muy, muy ricos, pero como venía a decir, Raymon Aron, también son muy, muy pocos. En segundo lugar, porque una de las grandes fortunas de la que gozan los ricos es precisamente la de tener muchas más posibilidades de eludir a hacienda que el resto de los mortales, incluida la de poder emigrar a lugares fiscalmente menos hostiles gracias a la libertad de movimientos de capitales que hay en Europa. Por mucho que el gobierno todavía no haya concretado la medida o incluso la haya esbozado de diferentes formas, debería resultar evidente que cualquier nuevo tributo en este sentido va a espantar a los inversores.

Y es que, sencillamente, no hay margen para que una subida de impuestos o la creación de otros nuevos sirva para reducir el déficit. Este objetivo sólo se puede y debe alcanzar ampliando la reducción del gasto público hacia donde Zapatero no ha querido meter la tijera: hay que suprimir varios ministerios, eliminar partidas de muchos otros, reducir el lastre económico que supone el Estado autonómico, acabarr con las subvenciones a partidos, sindicatos y patronal, cerrar el grifo a los dirigentes liberticidas y empobrecedores del Tercer Mundo.

Está visto, sin embargo, que Zapatero prefiere seguir instalado en una demagogia que sea, aparentemente, compatible con la obligación que le han impuesto desde fuera para reducir el déficit. Y lo hace estimulando el resentimiento social y la envidia, a pesar de ser ésta, como bien decía Stuart Mill, "la más antisocial de las pasiones".

Hay, sin embargo, quienes pretenden dar un barniz de justicia a este nuevo e injusto tributo sobre la base de que "tienen que pagar los que más tienen". Vamos, como si no pagaran más ya quienes más tienen. De hecho, los ricos incluso seguirían pagando más aunque, en lugar de aumentar, se redujera hasta cero la progresividad de nuestro sistema tributario. Y esto por la sencilla razón de que hasta en un sistema fiscal proporcional los ricos pagarían en proporción a sus mayores rentas. Como bien dijo Thiers, "la proporcionalidad es un principio; la progresividad no es otra cosa que odiosa arbitrariedad". Una odiosa arbitrariedad que desincentiva la inversión, el ahorro y la movilidad social, y que en nada contribuye a mejorar –todo lo contrario– la mala situación de los que menos tienen.

Nada de esto, sin embargo, le importa a un gobernante que, como Zapatero, está dispuesto a excitar las más bajas y antisociales pasiones. Tan sólo deja en evidencia que es un gobernante que no acierta ni cuando rectifica.

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