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Al Capone no ha muerto

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Una mujer acaba de ingresar en mi panteón de personas ilustres. Se llama Michele Scimeca, vive en Nueva Jersey (EE.UU.), y es una de las 531 personas que el pasado martes fueron demandadas por la RIAA (Asociación de la Industria Discográfica de Estados Unidos) en su nueva, errática e inútil batalla contra los usuarios de las redes P2P. En vez de amilanarse, como hace la mayoría cuando llama el cartero con una denuncia en la mano, Scimeca ha cogido el teléfono, llamado a su abogado y gritado “¡hasta ahí podíamos llegar!”. En una verdadera transmutación del Dr. Jekyll en Mr. Hyde, ha pasado de demandada a demandante. Scimenca detecta tras la denuncia cierto olor a Camorra napolitana, a mafia, a Al Capone redivivo. Mantiene que, con su denuncia, las discográficas no tienen intención de sentar a los acusados -a estas alturas, cerca de 1.500- en el banquillo. Su pretensión es otra bien diferente: alcanzar acuerdos con los afectados, como ya hizo en la primera tanda de denuncias, conseguir dinero en concepto de indemnización, una disculpa pública y si te he visto no me acuerdo. Su argumentación ha llevado a la demandante/demandada a denunciar a la RIAA por violar las mismas leyes que se aplican a los gangsters y al crimen organizado.
 
La denuncia de Scimeca tiene pocas posibilidades de prosperar. Pero sólo por el hecho de sacar las uñas ante “una institución tan grande” merece un reconocimiento. Porque muchas veces entre los accesos de rabia se localizan posos de verdad.
 


Tan verdad como que los tentáculos del spam se extienden hacia los teléfonos móviles. Ahora es una molestia anecdótica, pero si en los próximos meses su capacidad reproductora es tan eficaz como la demostrada en el correo electrónico, terminará convirtiéndose en generador de nuestros más soeces insultos. La firma británica Empower Interactive asegura en un estudio que el 65 por ciento de los usuarios europeos de telefonía móvil de Europa recibe más de cinco mensajes de texto no solicitados a la semana en sus terminales. Nada comparado con lo que nos espera.

 

 
El usuario poco puede hacer para frenar la plaga del spam, sea en el correo electrónico o en su teléfono móvil. Apenas existe otra alternativa que encomendarse a las compañías que nos suministran dichos servicios, es decir, a los proveedores de acceso y a las operadoras telefónicas. Por eso merece todo el apoyo la iniciativa de AOL, que ha presentado una demanda civil en Estados Unidos contra la firma Connor-Miller Software por haber facilitado el trabajo de dos spammers norteamericanos establecidos en Tailandia. Nada menos que bombardearon con 35 millones de mensajes no solicitados a los usuarios de AOL. En compensación, la compañía solicita 1,6 millones de dólares. Y es que, por los 35 millones de correos no solicitados, AOL asegura haber recibido 1,5 millones de reclamaciones de sus abonados, con el coste de tiempo y credibilidad que ello implica.
 
 

 
Precisamente el spam es el elemento más odiado por los internautas españoles, según la 6ª encuesta a Usuarios de Internet elaborada por la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC). El 72% de los navegantes reconoce estar hasta las narices del asunto, abogando el 31 por ciento por su prohibición y el 52% porque se adopte alguna medida de control. El informe aporta otros datos interesantes que esbozan el perfil del internauta español. A grandes rasgos, cada vez estamos más y mejor conectados (el 31 por ciento dispone de ADSL frente el 7 por ciento del último estudio), somos más piratas (el 46,7 por ciento se baja archivos MP3) y, aunque nos cuesta, cada vez compramos más en la Red. Por supuesto, Google es la página más visitada, seguida por Hotmail, Terra y Yahoo!
 
 

 
Google es el buscador dominante en Internet, hasta puntos casi monopolísticos. Hoy nadie le hace sombra, pero ¿y mañana? En esas andan Yahoo –que acaba de romper su acuerdo de colaboración con Google para potencia Inktomi- y Microsoft, que ya ha lanzado la beta de su buscador. Bienvenida sea la competencia porque el usuario será, sí o sí, el primer beneficiado

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