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Denigra, que algo queda

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Nunca me he considerado una persona especialmente susceptible. De hecho, suelo recibir los ataques, puyas o insultos con bastante serenidad. Por eso ni yo mismo alcanzo a entender por qué me soliviantan tanto las críticas gratuitas que se dirigen hacia Internet cuando, todo sea dicho, no mantengo con ella más que una relación en parte profesional (la mayoría de las veces) y en parte ociosa (cada vez las menos). No profeso la fe del carbonero hacia la Red. La odio y la amo a partes iguales.
 
Eso no evita que cada vez me molesten más las críticas injustas que se lanzan contra ella. Leía el fin de semana el artículo escrito por Juan José Saer sobre James Joyce en Babelia, el suplemento cultural del diario El País, cuando se dispararon mis alarmas. Nivel alto. Escribe Saer en su texto: “En Internet, que es la patria natural del dislate, entre varias aberraciones relativas a la primera versión del Ulises (…)”. No se puede ser al mismo tiempo tan fino e hiriente en una sola frase.
 
Al teclear James Joyce en Google aparecen 593.000 resultados, 573.000 si se emplea el buscador de Yahoo! Es indudable que entre tanta información se colarán no decenas, sino centenares de dislates. Pero a buen seguro que entre las 593.000 reseñas, informaciones, comentarios, recensiones, artículos, perfiles y demás textos relacionados con el novelista irlandés, se encontrarán datos fidedignos, informaciones certeras e incluso opiniones valiosísimas.
 
Estoy convencido de que Saer recurrió a Internet para corroborar, cuando no descubrir, datos para su artículo. A buen seguro muchos integraban parte de su excelente texto sobre las traducciones al español del Ulises joyceano. Por eso es injusto, a la par que contradictorio, que trate con ese desprecio a la Red. Sobre todo porque, quiera o no quiera Saer, Internet es ya la principal fuente de información del mundo. En manos de todos está que desaparezcan esos pequeños “dislates” que se cuelan en no pocas páginas web. Y en manos de todos está también que se le otorgue un mínimo de credibilidad a un medio que ha demostrado su valía en innumerables ocasiones.
 
El juicio que Internet le suscita a Juan José Saer es, con todo ello, fácilmente rebatible. Utilizando similar vara de medir, la literatura sería la patria de la infamia, el cine del tedio, la filosofía de lo soporífero y la televisión del mal gusto. Es lo que ocurre cuando, como hace Saer en su artículo, se aplica sin consideración esa figura literaria que a buen seguro el autor conoce: la sinécdoque.
 
Con todo, lo peor no es que Saer considere a Internet la patria del “dislate”. Lo más preocupantes es que no es el único que descarga contra la Red con balas de alto calibre. Al igual que entre la alta cultura está muy bien visto presumir de no tener televisión en casa, dentro de poco lo más elevado será abominar de Internet.
 
Supongo, en cualquier caso, que algo habrá variado la nefasta opinión que Internet le merece a Juan José Saer. Porque, desde el pasado sábado, su artículo puede consultarse en esa “patria del dislate” que el mismo contribuye a alimentar con sus textos.
 

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