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El papel se queda viejo

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Uno desconoce hasta qué punto exagera o la realidad, ciertamente, le sobrepasa. Jamás en mi vida me he sentido tan invadido por todo tipo de información. La recibo a través de la radio, la televisión, los periódicos, Internet e incluso mensajes a través del móvil. Apenas doy un paso, escucho y leo noticias.
 
Lo peor de todo llega cuando me siento delante del ordenador para escribir. Repaso lo sucedido, lo sopeso y casi todo lo desecho por antiguo, no importa que se haya publicado unas horas antes. Peor lo llevo al comprar el diario. Paso las hojas y me invade un sentimiento de déjà vu, de algo ya visto, leído y escuchado. Más que el periódico del día, parece que estuviera en la hemeroteca consultando ediciones pasadas.
 
La culpa de este absurdo sentimiento recae sobre Internet. Creo estar perfectamente informado, presumo de estar a la última. De hecho, ya casi nadie me llama para facilitarme una información de última hora: suelo ser el primero en descolgar el teléfono. Y es que no hay nada peor que dedicar ocho horas diarias a navegar por la Red. Acabas sobreinformado.
 
Si, a pesar de todo, uno persiste en el vicio de comprar el periódico todas las mañanas, se percata enseguida de que, en manos de un internauta, resulta una fuente de información vieja, viejísima. Todo lo que se publica ya se ha leído el día anterior, muchas veces de forma más detallada y a través de varias fuentes. La mayoría argüirá que esta sensación es antigua: la radio y la televisión –sobre todo la primera– nos informan al minuto de lo que ocurre. Pero hay una sutil diferencia: si se emplea la palabra “sensación” es porque no es lo mismo volver a leer sobre el papel una noticia que verla primero en la televisión o escucharla en la radio y, posteriormente, leerla en prensa. 
 
La conclusión de todo esto es doble, una de carácter personal y otra de ámbito global. Respecto al primer caso, muchas veces me pregunto si no merece la pena desterrar a la Red de mi vida y recuperar mi ritmo informativo de antaño, es decir, ir con un poco de retraso respecto a la realidad (por supuesto que no, no lo merece). La segunda, bastante más seria, afecta a la función que deben desempeñar los periódicos en la era Internet.
 
La realidad cambia. Y, al igual que cualquier compañía está obligada a adecuarse al desarrollo de las Nuevas Tecnologías para sobrevivir, los medios impresos deberán modificar a futuro su papel como consecuencia del desarrollo de Internet. Más que medios de información, tendrían que transformarse, sobre todo, en generadores de opinión, de buena reflexión.
 
La prensa de papel pierde valor a medida que sus competidores en el mundo digital perfeccionan sus métodos de publicación. Porque jamás El País, El Mundo, La Razón o ABC de los kioscos podrán ofrecer tanta información como un diario on line. La clave son los vínculos. Mientras que los primeros, al publicar una noticia, se pierden en praderas para contextualizar la información, los medios digitales lo tienen mucho más sencillo: simplemente enlazan las palabras claves que llevan al archivo de noticias.
 
Gracias a ello la información en Internet cumple una de las premisas que exige la sociedad actual: concisión. El que quiera profundizar sobre un determinado tema no tiene más que pinchar en los vínculos. El problema es que las ediciones on line de los principales periódicos españoles abominan de los enlaces. O eso parece. Sus textos suelen estar limpios, sin un solo subrayado, signo evidente de que esa palabra nos lleva a otra página, luego a más información. Apenas se conforman con volcar el contenido del diario y añadir las noticias provenientes de agencias, despreciando las múltiples posibilidades que brinda la Red.
 
El periódico de papel, entendido en su concepción tradicional, pierde su razón de ser paulatinamente. El futuro exige nuevos contenidos, más opinión y artículos de fondo. Que para dar noticias ya está Internet. Por eso sería bueno que la prensa tradicional utilizara la Red como canal de noticias y su versión de papel como medio para inducir a la reflexión.

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