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Fin a la impunidad

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Suponga que compra un escáner para almacenar sus fotografías en un CD. Realiza la primera prueba y lo que aparece en la pantalla del ordenador es su fotografía… pero en blanco y negro. Incrédulo, consulta las instrucciones y se cerciora de que sí, que el escáner que le han vendido es en color. Se sentiría timado.
 
Imagine que por fin cumple su mayor deseo y adquiere un deportivo. Lo saca del concesionario y en cuanto tiene la más mínima posibilidad pisa el acelerador a fondo. Pero no pasa de 120 kilómetros por hora. Llega a casa, lee le folleto y comprueba que, vaya por Dios, el coche coge los 200 kilómetros hora sin el menor esfuerzo.
 
Por último, figure que va al mercado y compra un melón. Cuando llega a casa, no sin cierta incredulidad por el escaso peso de la fruta, la abre y descubre que lo único que hay dentro son las pipas. Nada de fruta. Mala suerte.
 
Estos tres ejemplos son inimaginables. Tanto como su reacción en caso de que, desgraciadamente, le sucedieran. La tienda donde ha comprado el escáner, el concesionario o la frutería sufrirían, con toda razón, su cólera, insultos y quejas.
 
Un último ejemplo: contrata un servicio de ADSL, eso que tanto anuncian y que, teóricamente, le permite navegar por la Red poco menos que si pilotara un fuera borda. Imagine que recibe el kit de conexión, lo instala y supera a duras penas los 56 kb/s. A buen seguro consultará el folleto del proveedor, comprobará que, efectivamente, la velocidad debería oscilar entre los 128 y los 250 kb/s y se irá a dormir tan contento. Ya tiene Internet y a buen seguro la lentitud con la que ha navegado es un fallo circunstancial. Por supuesto no es así. Al día siguiente le costará horrores descargar una página y le resultará casi imposible navegar mientras, por ejemplo, escucha música en el ordenador o mantiene abierto el gestor de correo electrónico.
 
Pero no emitirá quejas. Seguro que a todo el mundo le pasa lo mismo, pensará.
 
Afortunadamente, siempre hay alguien dispuesto a que no le tomen el pelo. Iván Antonio Rodríguez Cardo, profesor de la Universidad de Oviedo, denunció al proveedor de acceso a Internet Wanadoo por no alcanzar la velocidad de navegación que la compañía prometía en su publicidad. El juez de Primera Instancia e Instrucción del Juzgado Número 3 de Pola de Siero (Asturias), Ricardo Badás Cerezo, ha creado jurisprudencia al condenar a Wanadoo España a devolver al afectado la mitad de las cuotas y a indemnizar con 500 euros a su cliente por la baja velocidad del servicio ADSL Go, uno de los muchos que comercializa la empresa. Lo de menos es el dinero. Lo de más es que, como bien se han encargado de recalcar todos los medios de comunicación, la decisión es histórica por lo novedosa.
 
Lo lamentable del caso es que Iván Antonio Rodríguez Cardo no está solo. Le acompañan en sus quejas y disgustos los millones de clientes de banda ancha que existen en España. Porque casi ningún proveedor cumple lo que promete en su publicidad.
 
Cabe esperar que el caso sirva de impulso a miles de internautas que sólo exigen lo que se les promete. Nada más. Porque es inútil presumir de ser el segundo país europeo en conexiones ADSL de Europa, de nada sirve insistir una y otra vez en las bondades de Internet, si quien nos dota de conexión nos estafa con absoluta impunidad. Hasta ahora, esperemos.
 

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