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No hay trabajo para el teletrabajo

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Hay veces que uno lee las cifras de un determinado estudio y piensa dos cosas: o bien el redactor ha trastocado las cifras, o bien nos trata de tomar el pelo. Cualquiera de las dos opciones es mala, pero la segunda es malísima. Un estudio realizado por el portal de empleo Monster asegura (que ya es asegurar) que uno de cada cuatro españoles trabaja desde casa. Es decir, el 25,7 por ciento. Muchas personas, tantas como para que se desconfíe de la cifra.
 
No se necesita más que mirar alrededor. ¿A cuántas personas que teletrabajen conoce? Más aún, ¿conoce a más de dos? De ahí a sostener que uno de cuatro españoles tiene su oficina en casa va un abismo. Los datos de Monster contrastan con los más fiables de la Asociación Española de Teletrabajo: poco más de 300.000 españoles, el  0,6 por ciento de la población activa, trabaja desde casa. Entre ambas cifras existe una galaxia sideral de por medio.
 
Aunque el teletrabajo no acabe de despuntar en España, todo hace indicar que será una tendencia a la que se irán adaptando la mayoría de los empresarios. Porque el principal obstáculo que existe actualmente para que esta forma de trabajo se equipare con las cifras que, por ejemplo, registra Estados Unidos, es la pervivencia de la anacrónica mentalidad que impera en el tejido empresarial español.
 
El teletrabajo disfruta de una fama nefasta. Generalmente se asocia con la vaguería y la comodidad, cuando la realidad es bien diferente. Quien haya teletrabajado alguna vez se dará cuenta de que dedica más horas que en la oficina y, por lógica, su productividad es mayor. Fundamentalmente porque no existen las conversaciones con los amigos, la lectura de los correos chuscos de los compañeros o las profundas discusiones sobre en qué equipo jugará finalmente Eto’o. El teletrabajador apenas levanta la vista de la pantalla y produce el doble que en una jornada de oficina habitual.
 
Sí, teletrabajar ofrece muchas ventajas, como ahorrarse el estrés derivado de los atascos, evitar al compañero que no se soporta, además de permitir gestionarse el tiempo. Pero tiene una desventaja, cruda y dolorosa cuando se sufre: la soledad. No es extraño que la primera palabra que suelte un teletrabajor sea “buenas noches”.
 
A pesar de la idea imperante, el teletrabajo es sobre todo beneficioso para las empresas. Los costes fijos –como alquiler y mantenimiento de la oficina– se deprecian de forma notable, al tiempo que otros gastos que muchas empresas asumen –desplazamientos de los empleados, bonos de comida, coches de empresa o alquiler de plazas de garaje– se reducen de forma significativa, cuando no desaparecen. Asimismo, permite abrir el abanico de contratación, facilitando la integración de profesionales altamente cualificados que viven a cientos de kilómetros del centro de trabajo.
 
Aun así, y a pesar de lo que digan determinados estudios, el teletrabajo no deja de ser algo anecdótico en España. Fundamentalmente porque los jefes quieren, necesitan, exigen, ver a sus empleados. Lo importante es tenerlos al lado, casi acurrucarlos. Como en las fábricas del siglo XIX.

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