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¿Se esconde el diablo detrás de Google?

Como sucedió con GMail, sirven las mismas recomendaciones: nadie le obliga a descargar el programa

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Si fuera perezoso, simplemente copiaría y pegaría el artículo que publiqué el pasado mes de abril sobre los miedos que suscitó Gmail, el servicio de correo electrónico de Google. Ahora, casi de forma calcada, surgen similares temores por similares cuestiones, pero a cuenta de su nuevo servicio, Google Desktop.
 
Pareciera que en vez de por dos jóvenes multillonarios con cara de no haber roto jamás un plato, las riendas de Google las llevara el mismísimo Belcebú. Pareciera, en fin, que si uno comete la temeridad de tener instalado Google Desktop y, además, utilizar Gmail, se puede ir despidiendo de su privacidad en Internet. No es así. O no es tanto como nos quieren hacer creer.
 
Es cierto que Google Desktop guarda ciertos peligros para todos aquellos que almacenen documentos personales en, por ejemplo, el ordenador de la oficina. En ese caso me reservaría recomendar su instalación. Sólo se necesita un jefe celoso de la productividad de sus empleados, o simplemente cotilla, como para que con la nueva herramienta pueda saber casi todo el uso que el trabajador hace del ordenador corporativo.
 
Este hecho se topa de bruces con la otra parte del vaso, la medio llena: precisamente donde Google Desktop resulta más útil es en el ordenador de la oficina. A todo el mundo le habrá pasado alguna vez que no encuentra ese documento de Word que una vez consultó y que ahora no localiza ni a la de tres. O esa información que leyó en una página web y de la que, por supuesto, no recuerda ni el comienzo de la dirección. Con saber sólo una parte del texto que se leyó (un nombre, una ciudad, un dato), Google lo encuentra. Trasladado esto a bases de datos o mensajes escritos en el programa de mensajería de AOL, puede llegarse a entender su rotunda utilidad.
 
Los recelos de David Burns, consejero delegado de la firma Copernic, a instalarse la aplicación se resumen en una frase “campana”, de esas que suenan mucho pero están huecas por dentro. Dice Burns: “Que levante la mano quien quiera que Google sepa qué fotografías o MP3 tiene” en su ordenador. Yo no, por supuesto, pero es que teóricamente el buscador no almacena ese tipo de información.
 
En cualquier caso, y como sucedió con GMail, sirven las mismas recomendaciones: nadie le obliga a descargar el programa. Sopese los pros y los contras y tome una decisión. Yo lo tengo funcionando en el trabajo y en mi casa. Y ahí seguirá. Llámenme inocente, pero por ahora me sigo fiando de Google.

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