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Señora Figueroa, déjenos en paz

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Uno nunca sabe dónde se encuentra la persona que vela por su privacidad. En mi caso —y en el de miles de internautas— vive en San Francisco, se llama Liz Figueroa y pertenece al partido demócrata. Nunca hemos hablado. Ni siquiera nos hemos intercambiado un correo electrónico. Ella ignora cómo soy físicamente, aunque yo sí he visto una fotografía suya: es rubia y posee una sonrisa que le otorga un punto de amabilidad. Es el rostro de una persona que parece no entrometerse en decisiones ajenas. Pero una cara no siempre refleja con acierto la realidad: Figueroa se ha inmiscuido en mi vida sin pedirme permiso.
 
La senadora ha salido a la luz estos días por abanderar la batalla frente a GMail, el nuevo servicio de correo electrónico de Google. Hasta el momento las cosas le han salido relativamente bien: el pasado jueves, el Senado de California aprobó —24 votos a favor y 8 en contra— el primer proyecto de ley contra GMail amparándose en que podría “poner en peligro la privacidad de los usuarios”. Se trataría de impedir que GMail almacenara todos los correos electrónicos de sus usuarios con el fin de que no obtuviera o facilitara información personal a partir de ellos.
 
Google ha respondido de forma prolija a la medida. Sostiene que sus anunciantes no controlan si sus enlaces se muestran en GMail, que la publicidad evitará los contenidos escabrosos y/o delicados, y que no es la primera en escanear el contenido de los mensajes: tanto Yahoo! como Hotmail lo hacen actualmente para detectar y eliminar cualquier correo basura. Y nadie se ha quejado.
“Esta legislación garantiza que nuestras comunicaciones privadas continuarán siéndolo”, puntualizó Figueroa, quien el pasado abril ya remitió una carta a la sede de Google alertando a la compañía de estar creando "un desastre de enormes proporciones, tanto para ustedes como para todos sus clientes”.
A Figueroa no hay quien la pare. Hace unos meses lanzó Do-Not-Call, una iniciativa que permite a los ciudadanos inscribirse en una lista para no recibir en su casa llamadas de telemárketing. La diferencia entre ambas iniciativas radica en una sola palabra: “permite”. Mientras que con GMail pretende modificar sus términos de uso, con la segunda facilita a quienes lo deseen no recibir llamadas de televendedores.
 
Que yo sepa, desde Google no han amenazado en ningún momento con lanzar chorros de spam anunciando GMail. Ni siquiera se han planteado obligar a abrir una cuenta de correo electrónico por utilizar su buscador (que podría). No. Tan sólo ha creado un webmail gratuito de un giga de almacenamiento cuyo uso es libre. Sólo eso.
 
Es posible que la medida emprendida por la senadora Figueroa consiga el efecto contrario al buscado. No hay más que prohibir algo para que ese ‘algo’ se convierta en lo más deseado por millones de personas. Ya ha sucedido con GMail: sólo unos pocos tienen acceso a su versión beta, lo que ha generado toda una riada de propuestas a cambio de una cuenta de correo.
 
Probablemente la señora Figueroa me incluya en el grupo de los herejes. Hace dos semanas que desterré Outlook de mi ordenador. Conseguí hacerme con una cuenta de GMail y, desde entonces, es el único correo electrónico que utilizo. Tiempo suficiente como para concluir que, como webmail, GMail es bueno. Muy bueno. El mejor de los que he probado nunca. Y han sido bastantes.
 
El buscador de mensajes es veloz y efectivo ­—nada extraño estando detrás Google— y los 'threads' o hilos, que agrupan de forma automática los mensajes que forman una conversación sin tener que buscar las respuestas una por una, resultan tremendamente útiles.
 
Y sí, he recibido mensajes con los anuncios de texto que traen por la calle de la amargura a la senadora Figueroa. La conclusión es que son mucho menos intrusivos y molestos que los que aparecen en los de Yahoo! o Hotmail, por ejemplo. Que, por estar relacionados con parte del texto, incluso pueden resultar útiles y que aparecen en muchas menos ocasiones de las previstas.
 
Lo mejor, sin duda, es que todavía me quedan 999 megas para comenzar a eliminar mensajes por falta de espacio.
 
Señora Figueroa: estoy satisfecho con GMail y me gustaría seguir utilizándolo tal y como está. Y, por si acaso tiene alguna duda, le confirmo que a estas alturas de la vida ya sé cuidarme solo. O al menos lo intento.

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