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Soy adicto a Internet

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Lo reconozco. Soy “adicto” a Internet. Formo parte de ese 10,5 por ciento de usuarios que, según el Observatorio de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información –órgano dependiente del Ministerio de Ciencia y Tecnología (MCYT) dirigido por Borja Adsuara–, está muchas, demasiadas horas al día, delante del ordenador.

El estudio, presentado durante el curso Aprovechar la oportunidad de la Sociedad de la Información, celebrado en San Lorenzo del Escorial (Madrid), trata de esbozar el perfil de los "adictos" a la Red. Una vez leídas las conclusiones, tengo que reconocer que, en muchos aspectos, el prototipo coincide con el mío: aún soy joven (creo) y sí, poseo estudios universitarios. Pero el informe yerra en otras cuestiones: por ejemplo, no consumo tóxicos con asiduidad. Ahora bien, llegados a este punto me pregunto ¿qué tienen que ver las churras con las merinas, consumir drogas y conectarse a la Red?

Pues mucho, cuando de lo que se trata es de buscar controversia. Y este informe la destila por todos lados. Tratar de analizar qué internautas son adictos y cuales no carece de otro sentido más que el de añadir leña a los supuestos efectos perniciosos de la Red. Pero es que, además, el informe comete un fallo de primer orden, especialmente doloroso teniendo en cuenta quién es el autor. Y es que se percibe una auténtica falta de comprensión acerca de lo que es Internet.

Resulta muy sencillo ser "adicto" a Internet, sobre todo cuando se llegan a conocer todas las oportunidades y servicios que proporciona. Lo difícil, a estas alturas de la película, es no serlo. ¿Lo es quién permanece conectado tres horas? Si ese es el caso, insisto, lo normal es estar "enganchado", no lo contrario. Porque Internet lo es todo, lo tiene todo.

Sin demasiadas dificultades, la jornada habitual de un internauta podría ser la siguiente: a los cinco minutos de levantarse ya está navegando. Lee la prensa del día (no se limita a un periódico, como hace la gran mayoría en la vida off line), consulta su cuenta de correo y comprueba el estado del tráfico en su ciudad, no vaya a ser que le coja el atasco de turno.

Llega a la oficina y, por supuesto, continúa permanentemente conectado. Utiliza el e-mail, la Intranet corporativa y busca en la Red los datos financieros de la compañía con la que quiere cerrar un trato. Poco después le comunica a su jefe, vía mensajería instantánea, que la semana que viene tomará sus vacaciones. Regresa a casa y comprueba cómo ha ido la descarga de la película que ha dejado bajándose todo el día. Lee los mensajes nuevos que han llegado a su buzón y, una vez concluido el repaso, accede a la página de su banco on line porque quiere realizar una orden de transferencia periódica (por cierto, hace mucho tiempo que no sufre las colas del banco). Más tarde se compra dos libros que quiere leer durante las vacaciones y un disco que estaba descatalogado desde hacía varios años. Es cierto, en Internet puedes encontrar cualquier cosa.

Poco después, echa un vistazo a una tienda de ropa femenina buscando una chaqueta para el próximo cumpleaños de su mujer y decide posponer la compra para mañana. Baja a cenar y escucha que en el telediario que se el presidente de EEUU ha sufrido un accidente doméstico mientras comía una galleta. Rápidamente teclea la dirección de The New York Times para leer qué ha ocurrido exactamente. Antes de acostarse comprueba en la agencia de viajes que sus billetes para Mallorca están confirmados y se conecta al messenger para hablar con su hijo, que vive en Londres.

Este hombre es, según el ministerio de Ciencia y Tecnología, un "adicto" a Internet. ¿Malo? En absoluto. Simplemente utiliza su ordenador para llevar a cabo las mismas tareas que realizaría de otros modos si careciera de conexión. El problema, si es que se le puede definir como tal, es que Internet posee un capacidad integradora desconocida hasta el momento. Si no hubiera sido por la Red, habría ido al banco, llamado a la agencia de viajes y gastado un dineral en la conferencia con su hijo. Pero no, ha optado por aprovechar una ínfima parte de los recursos que proporciona Internet a un coste de tiempo y dinero casi nulo.

Pero, el MCYT lo ve desde otro punto de vista. Eres "adicto", luego careces de objetivos, eres tímido, estás solo, te falta autoestima y te cuesta una barbaridad establecer relaciones interpersonales. Por no decir que, por supuesto, haces gala de una pobreza en las habilidades sociales bastante relevante, según detalla el estudio.

En vez de dedicar el tiempo y el dinero en elaborar estudios explosivos que hurguen las entrañas más demoníacas de Internet, el MCYT debería resaltar las virtudes de un medio cuya capacidad de influencia no ha hecho más que comenzar. Esa es, entre otras muchas otras, su principal tarea. Exprimir un medio infinito no es "adicción". Más teniendo en cuenta que en un futuro –que ya es casi presente– estaremos todo el día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, conectados a través de múltiples aplicaciones derivadas de Internet. El mundo estará repleto de adictos. Es decir, de ciudadanos que utilizan los últimos avances tecnológicos.

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