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Videojuegos sólo para mayores

La responsabilidad de supervisar con qué juega un niño corresponde únicamente a los padres. Lo mismo que controlar los programas de televisión que ve, las películas que alquila o los libros que lee.

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No hace falta disfrutar de una envidiable memoria para que las propuestas de varios grupos estadounidenses dirigidas a limitar la venta de videojuegos a menores suenen a noticia ya antigua, a debate discutido hasta la saciedad. ¿Quién es el responsable de que los niños se líen a mamporros digitales? ¿Quién es el responsable de que los más jóvenes vean a la heroína de un videojuego vestida con un top ajustado y un pantalón de tamaño imposible lanzando guiños sensuales cada vez que obtiene una victoria? ¿Es culpa de los padres, del Estado, de los fabricantes de juegos, de la sociedad en general?... ¿O acaso del hombre, violento por naturaleza?
 
Si alguien debe asumir la responsabilidad de seleccionar con qué juegan los más pequeños de la casa son los padres, no los políticos o el gobierno de turno. La educación de un hijo se sustenta sobre las bases que construyen los profesores en la escuela, pero de nada servirá que un alumno aprenda las leyes mínimas de convivencia y sepa todo sobre ética si cuando llega a casa sus progenitores se están tirando los trastos a la cabeza. Sin embargo, el caso contrario sí puede darse sin demasiadas complicaciones. Existen nulidades en la escuela que se hacen grandes personas: la educación emanada de sus padres les permite desenvolverse correctamente en la sociedad.
 
En mi infancia casi todos esperábamos con ansiedad el estreno de películas como Rambo. Disfrutábamos viendo cómo Stallone se cosía él solito su brazo herido, cómo acababa con un ejercito completo de vietnamitas, si no con todo Vietnam. Al terminar el filme simulábamos una batalla en toda regla. Pero luego, al volver a casa, no arremetíamos contra nuestros padres a machetazos. Cualquier que haya leído "El Quijote" podrá concluir que es un libro con pasajes violentos. Al hidalgo caballero le rompen los dientes, a Sancho Panza le mantean y a ambos les corren a gorrazos casi una vez por capítulo. Pero, ¡ay!, si un padre se encuentra a su hijo leyendo la obra de Cervantes le faltará tiempo para comentárselo a los colegas. Los mismo sucederá si entre manos tiene “El asno de oro” de Apuleyo, cuyo alto contenido erótico muchas veces parece haber inspirado a Charles Bukowski. Por lo mismo que diversos grupos estadounidenses pretenden impedir la venta de videojuegos de contenido violento y sexual a menores, debería prohibirse que vieran cualquier telediario. La violencia que emana de la mayoría de las imágenes que se emiten estremecen de puro espanto. Y resulta cuando menos extraño que el suplemento cultural de El Mundo eligiera a "Kill Bill" la mejor película de 2004. Uno es incapaz de imaginar la cantidad de litros de sangre simulada que tuvieron que fregarse al concluir el rodaje de las escenas. Pero claro, es “Kill Bill”. Es Tarantino. Es un genio. Es violencia de la buena.
 
La responsabilidad de supervisar con qué juega un niño corresponde únicamente a los padres. Lo mismo que controlar los programas de televisión que ve, las películas que alquila o los libros que lee. El Estado, los políticos o quien quiera meter mano en la libre distribución de videojuegos deberían limitarse a fijar la edad a partir de la cual es recomendable ver un determinado contenido. Recomendar, no imponer. Pero nunca deberían inmiscuirse en la educación que se imparte (o debería impartirse) de puertas adentro del hogar. Y todos deberíamos hacer el esfuerzo por recordar que las escuelas transmiten conocimiento. Y los padres educan.

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