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De aquellos polvos vienen estos lodos

Antiguamente, los soberanos eran políticamente débiles porque la moneda aceptada no dependía de ellos. El control sobre el dinero y el establecimiento legal del curso forzoso hicieron posible el surgimiento del absolutismo.

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Hace 231 años Adam Smith nos advirtió que "en todos los países del mundo, la avaricia y la injusticia de los príncipes de los Estados soberanos, abusando de la confianza de sus súbditos, han disminuido gradualmente la cantidad verdadera del metal que primitivamente contenían sus monedas".

Realidad y práctica funestas que, en mayor o menor grado, continúan hasta nuestros días. Asimismo, son el germen de la inflación persistente y de las periódicas crisis financieras y económicas. Sus secuelas son altos índices de desempleo, turbulencias bancarias y bursátiles y quiebras masivas, con todo el daño y sufrimiento que estos escenarios acarrean.

La gran ironía es que quienes son responsables de esas situaciones y se aprovechan de ellas se las han ingeniado para convencer a la gente que el "mercado" es el culpable. Y para colmo, proclaman que el "remedio" consiste en aumentar la intervención estatal. Por ejemplo, se sigue repitiendo y enseñando que la Gran Depresión iniciada en 1929 en los Estados Unidos fue provocada por una "sobreproducción" industrial, cuando está demostrado que la causa fue la política monetaria de la Reserva Federal, el banco central de ese país. Ese desequilibrio fue intensificado luego por las políticas del llamado "nuevo trato" (New Deal) del Gobierno de Franklin Roosevelt.

El ansia de perpetuarse en el Gobierno es el móvil que lleva a los políticos a defender con tanta tenacidad la prerrogativa estatal de la emisión de la moneda, pero la práctica ha demostrado que ese monopolio, además de ser un importante medio para concentrar poder, es también una tentadora fuente de ganancias. El derecho exclusivo del Estado de emitir y regular el dinero se ha convertido en el principal instrumento de las actuales políticas gubernamentales y ha contribuido al crecimiento general del dirigismo estatal y del gasto público.

La constante desvalorización de las monedas que se ha producido por doquier es demostración contundente que los gobernantes son incapaces de determinar la cantidad de dinero que se debe emitir. Y, como escribía Friedrich Hayek, "puede decirse sin exageración que han abusado incesantemente y en todos los países de la confianza que depositó en ellos el pueblo, defraudándolo".

Antiguamente, los soberanos eran políticamente débiles porque la moneda aceptada no dependía de ellos. El control sobre el dinero y el establecimiento legal del curso forzoso hicieron posible el surgimiento del absolutismo, ya fuera en forma de monarquía o de república. Por eso, aquellas naciones donde el patrimonio de los ciudadanos está protegido de los manejos políticos son las más libres, prósperas y estables.

En Latinoamérica, estos males están sumamente potenciados. A la discrecionalidad estatal en amplias áreas hay que sumarle un deficiente sistema de controles y contrapesos. Por eso, extensas capas de la población están sumergidas en la miseria.

En el Uruguay, desde que el "nuevo" Gobierno accedió al poder en 2005, se han aplicado las "viejas" recetas populistas. La política económica se orientó hacia el manejo fuertemente expansivo del gasto público. Fiel a su filosofía de "protector" de los más débiles, el ministerio de Trabajo impuso la negociación colectiva por ramas de actividad, con indexación salarial a la inflación y "cláusulas gatillo". Además, la reforma tributaria que comenzó a regir en julio tuvo como efecto el aumento de varios precios. Como consecuencia de la suma de esos factores, la inflación en agosto saltó al 1,73% y los empresarios alertan que puede comenzar una "espiral inflacionaria".

El ministro de Economía afirmó que "esto no es inflación", sino un "aumento en el coste de la vida". Y el ministro de Ganadería se burló de aquellos que se preocupan por el repunte de los precios, diciendo: "¡Qué horrible, tenemos dos puntos de inflación!". Como solución, el Gobierno estudia subsidiar los precios de algunos productos y exigir "permisos" para la exportación de trigo.

Pero, la realidad es terca: los mismos polvos producirán siempre idénticos lodos. Y es por eso que no logramos salir de la ciénaga en la cual chapoteamos.

© AIPE
 
Hana  Fischer es analista política uruguaya

En Libre Mercado

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