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Una moral indecente

No todos los códigos morales se parecen y algunos son detestables. Donde abunda la pobreza y la vida de la gente común es miserable, los valores predominantes no pueden ser los correctos.

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La ética es la rama de la filosofía que analiza los diferentes sistemas morales. Se pregunta si todos ellos son dignos de respeto. A lo largo de la historia ha habido dos posiciones fundamentales. Unos consideran que el "bien" y el "mal" no dependen de la conducta en sí, sino de quién la ejecuta y de los motivos que lo impulsaron a actuar así. Se adhieren a la tesis de que "el fin justifica los medios". En cambio, otros consideran que el relativismo moral conduce al peor de los mundos posibles.

Émile Durkheim (1858-1917) es uno de los sociólogos de más prestigio. Entre sus más valiosas aportaciones están las relacionadas con la "solidaridad" social. Llegó a la conclusión de que hay una estrecha relación entre la moral y el desarrollo económico obtenido por una comunidad determinada. Señala que en las sociedades primitivas existe una "solidaridad mecánica". En ellas, la moral colectiva "envuelve" por completo a la persona, sin dejar espacio para el desarrollo de la individualidad ni de una conciencia propia.

En cambio, en las sociedades avanzadas predomina la "solidaridad orgánica". Hay una gran división del trabajo cuyo cimiento es la cooperación voluntaria de personas libres. En este tipo de asociación florece la personalidad y, en consecuencia, el fortalecimiento del espíritu crítico. En la práctica, eso se traduce en que la gente no acata ciegamente las órdenes del colectivo.

Desde luego que no todos los códigos morales se parecen y algunos son detestables. Donde abunda la pobreza y donde la vida de la gente común es miserable, los valores predominantes no pueden ser los correctos. El denominador común de regiones y países muy pobres es que los grupos dominantes insisten en aniquilar la individualidad e imponen una moral colectiva. Es decir, procuran regresar a la barbarie por medio de la violencia física y psicológica.

En Uruguay, el sindicato de los funcionarios municipales (Adeom) es un caso notorio. En diciembre de 2001, Adeom y la Intendencia de Montevideo firmaron un convenio que aseguraba a los funcionarios ajustes semestrales que cubrieran el 100% de la inflación, pago para material escolar y beneficios como atención médica y odontológica y servicio de acompañantes. Pero ese compromiso político a costa de los contribuyentes resultó imposible de cumplir por el desastre económico que devastó a Uruguay en 2002.

Adeom reaccionó con una huelga, piquetes, agresiones, insultos e incluso balazos a funcionarios que no cumplían lo ofrecido. A un jerarca –que poco después falleció de un tumor– le gritaban: "¡Canceroso!".

Este año, el gremio gastó 100.000 dólares en regalos y espectáculos para celebrar el Día de Reyes. Pero decidió que aquellos que no acataron las huelgas decretadas por el sindicato serían excluidos de la celebración. Un dirigente expresó: "Hay reglas morales y hay reglas éticas, hay reglas ideológicas que cumplir. El que no cumplió con el sindicato dejó a sus niños sin Reyes".

La decencia es una de las características que mejor definen el espíritu de la persona. Sólo puede brotar cuando somos dueños de nuestra propia conciencia. Su valor estriba en que reivindica la dignidad intrínseca de cada ser humano y es por eso que su rasgo distintivo es el respeto hacia uno mismo y hacia los demás.

Es imposible que "un sistema que fabrica monstruos" –en palabras de Carlos Alberto Montaner– esté basado en una moral decente.
© AIPE
 
Hana  Fischer es analista política uruguaya

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