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Amores secretos de Miguel Hernández

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La polémica está servida desde el pasado mes, cuando José Luis Ferris, galardonado con el Premio Azorín en 1998, publicó su segunda novela, El amor y la nada. Y es que, ¿hasta qué punto es ético utilizar la figura emblemática de un poeta como Miguel Hernández para ambientar el relato de una pasión que no es la que recogen las biografías al uso? Él lo tiene muy claro, y así lo viene diciendo desde que la novela apareció en los expositores de las librerías: “Confieso haber escrito una novela... no una posible biografía”. Y va más allá afirmando que está completamente convencido de todo lo que cuenta en el texto: que Miguel Hernández –Manuel Gilabert– vivió una pasión durante los años que habitó en el Madrid de finales de la Segunda República con una mujer, Marcela Duarte, y que lo único que no puede asegurar de esta relación es verdadero nombre de la amante.

Todo empezó cuando José Luis, convaleciente en el hospital, recibió la visita de Lucía, la nuera del poeta. Ella le dejó sobre la mesilla de noche los dos tomos de las obras completas de su suegro. Y tras su lectura, una imagen, una posibilidad, empezó a rondarle en la cabeza. En los versos de Me llamo barro aunque Miguel me llame y El rayo que no cesa, creyó entrever la figura de un amor que nada tenía que ver con la casta novia que Miguel había dejado en Orihuela. Ésta, Josefina, en ningún caso podría haber sido definida como “liebre libre y loca”, como en esas líneas él hace. Otra pista que le decía que este era el camino a seguir era la abundante correspondencia del poeta durante la época hacia ella sin respuesta, sobre todo cuando es sabido que Miguel respondía a vuelta de correo. ¿Qué ha sido de aquellas cartas? La única explicación es que su desaparición haya servido para ocultar el romance que desentraña José Luis en su novela.

Para otros queda juzgar si la historia es cierta, o si es legítimo sacarla a la luz después de tanto tiempo. Yo me quedo con un relato profundo, con un argumento bien construido, y con un claro compromiso en el modo de contar las cosas, de hacer literatura, que no es otra cosa manejar el lenguaje con finalidad de trascendencia, al modo en que lo hace José Luis Ferris, trasmitiéndonos toda la emoción de una historia de amor a los lectores.

José Luis Ferris, El amor y la nada. Planeta, Barcelona, 2000. (220 páginas).

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