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El oro dulce de la miel

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Las abejas siempre han fascinado la imaginación de los hombres, tal vez por su utópica organización comunal, por la dulzura de su miel, o por su amargo veneno con instantánea muerte incluida después de la dolorosa picadura... Sea como fuere, lo cierto es que en diferentes culturas se las venera como a una de las criaturas más sofisticadas de la creación y ahora le ha tocado el turno a la literatura con “El apicultor” de Maxence Fermine. ¿Será porque en sí mismas forman parte de una poesía natural superior a cualquier producto cultural humano?

El apicultor narra en forma de fábula moderna las aventuras de un joven francés (Aurélien Rochefer) en pos del “oro de la vida” porque si cada cual ha de buscar el suyo propio —para algunos el dinero, para otros la fama o el poder—, él, obsesionado con la miel, cree que ha de seguirle la pista hasta la lejana África. Allí conocerá mercaderes indígenas, reyes, caciques e incluso una comunidad aborigen de mujeres recolectoras con la piel dorada, tal y como había visto en sueños de sus campos natales de Provenza. A su vuelta, la vida le deparará nuevos proyectos de la mano de su amigo Hippolyte.

Pero si hay que destacar algo de este sugestivo cuento es el lenguaje con que está elaborado, dulce como la miel de las abejas que evoca pero al mismo tiempo amargura y reflexión como su picadura, con la que hace nos hace ver la verdad sobre los objetivos que nos marcamos en la vida y como uno a uno, al estilo de un castillo de naipes se van desmoronando a nuestro alrededor sin darnos cuenta de que lo que de suyo nos pertenece ya, siempre importa más que lo que anhelamos alcanzar.


Maxence Fermine, El Apicultor. Seix Barral. 188 páginas

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