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Políticas que matan

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En gran parte del mundo en desarrollo, la pobreza ha hecho que la vida sea, como decía Thomas Hobbes, “desagradable, brutal y corta”, pero los extremistas, enemigos de la tecnología, están impidiendo que se mejore la situación.

En la región sur de Africa, 40 millones de personas subsisten con una sola comida al día, 14 millones están al borde de la inanición, 2,5 millones de ellos viven en Zambia. La desnutrición los hace más susceptibles a epidemias que ya han debido desaparecer, enfermedades potencialmente mortales como el sarampión, gastroenteritis y problemas respiratorios causados por humo tóxico al cocinar con fuego abierto dentro de las viviendas. Alrededor del mundo, 230 millones de niños sufren de deficiencia de vitamina A, medio millón se vuelven ciegos cada año y todos tienden a sufrir infecciones y enfermedades.

Las principales cosechas también peligran. La vital cosecha de bananas en Uganda está siendo destruida por nematodos y hongos negros, mientras que la principal fuente de alimentación en Kenya, la batata, está siendo destruida por un virus. Por todo el mundo en desarrollo, las pestes y enfermedades amenazan a la producción agrícola que logra sobrevivir períodos de sequía intensa.

La tecnología moderna ofrece esperanzas. Utilizando técnicas transgénicas de la nueva biotecnología, científicos han desarrollado el “arroz dorado” y otras cosechas ricas en vitamina A que pudieran prevenir la pérdida de la visión y reducir la muerte de niños. Han diseñado nuevas variedades genéticas de bananas y batatas resistentes a hongos y virus, como también han avanzado mucho en combatir el problema de los nematodos.

Otras innovaciones incluyen plantas que crecen más rápido y dan mejores cosechas, son resistentes a las sequías, a la sal y a los insectos. Reproductores de plantas han logrado convertir en vacunas a ciertos productos agrícolas, de manera que al comer una banana o el polvo de tomate seco inmuniza a la gente contra el sarampión o el virus de Norwalk.

Pero los activistas ambientalistas no aceptan eso. Fanáticos como los Amigos de la Tierra, el Sierra Club, la Unión de Científicos Preocupados y la Defensa Ambiental le han declarado la guerra a la biotecnología agrícola.

Jeremy Rifkin se refiere a las plantas transgénicas como “una forma de aniquilación tan mortal como un holocausto nuclear”. Greenpeace declaró que persigue la eliminación total de los productos biotécnicos, tanto en la alimentación como en el medio ambiente.

La campaña de los ambientalistas radicales en desacreditar a la agricultura biotécnica complementa la acción de los políticos de la Unión Europea que están ayudando a los países en desarrollo a aumentar las regulaciones, en lugar de aumentar la producción de alimentos. Estados Unidos envió 17 mil toneladas de maíz a Zambia, que el presidente Levy Mwanawasa ordenó se guardaran bajo llave en almacenes, para luego declarar en una reunión de las Naciones Unidas en Sudáfrica que “preferimos morir de hambre que ingerir algo tóxico”.

El presidente de Zambia no sabe lo que dice. Ese maíz ha sido ampliamente analizado y consumido; no es tóxico ni dañino de ninguna forma. Pero esa es la crecientemente popular teoría del “principio de precaución“, la política de imponer regulaciones aunque no haya evidencia científica en contra de su utilización.

La realidad es que los ambientalistas radicales y los políticos europeos están haciendo más daño en el mundo en desarrollo que las enfermedades que dicen querer prevenir. Robert Paarlberg, de Wellesley College, lo explica de la siguiente manera: “Si las naciones ricas de hoy decidieran retroceder el reloj, seguirían siendo ricas. Pero si le paramos el reloj a los países pobres, siempre seguirán siendo pobres y pasando hambre”.

Henry I. Miller, médico y biólogo, es investigador de la Hoover Institution, Universidad de Stanford, y autor del libro Policy Controversy in Biotechnology.

© AIPE

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