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Dejemos desaparecer las Naciones Unidas

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Por más de medio siglo, Estados Unidos ha invertido incontables miles de millones de dólares en las Naciones Unidas. En una época se tenía la esperanza que esa creciente burocracia pudiese ser un foro donde las naciones se pondrían de acuerdo sobre cómo buscarle solución a los problemas mundiales, en vez de ir a la guerra. Esa esperanza se convirtió en fantasía hace años. Entre la inercia burocrática y las poses políticas, las Naciones Unidas se han convertido en un agujero sin fondo donde tirar nuestro dinero. Desde el colapso de la Unión Soviética, la principal misión de las Naciones Unidas parece ser contener y restringir, para terminar controlando a Estados Unidos.

Alemania, secundada por Francia y Rusia, ha estado al frente de ese esfuerzo por más de una década. Su actual demostración de solidaridad con Irak es más abierta, lo cual sugiere que creen tener el poder de lograr que Estados Unidos acepte sus imposiciones.

El ex canciller alemán Willy Brandt convocó a una conferencia mundial de los líderes socialistas en 1991, cuando Bush padre confrontó a Saddam Hussein. De esa conferencia surgió la Comisión de Gobierno Global para planificar la creación de un gobierno mundial. Ese plan se ha venido instrumentando y ahora creen tener el poder de imponer sus deseos a Estados Unidos.

La administración Clinton apoyaba la agenda para avanzar hacia un gobierno mundial. El presidente Bush, por el contrario, se ha opuesto valientemente a tales ideas, pero trata de operar dentro de la estructura de las Naciones Unidas. La elección de Libia para presidir la Comisión de Derechos Humanos, la de Irak para presidir la Comisión de Desarme y la determinación de Francia de no querer permitir que la OTAN ayude a planificar la defensa de Turquía deben convencer al Congreso norteamericano de que las Naciones Unidas es una causa perdida.

El papel y la responsabilidad de Estados Unidos no es financiar ni ajustarse a los deseos de las Naciones Unidas. La principal responsabilidad del gobierno de Washington es proteger a los ciudadanos norteamericanos y defender nuestra Constitución. Aceptar un gobierno global significaría imponerles a los ciudadanos de Estados Unidos una burocracia extranjera no elegida por nadie, con el respaldo de jueces y tribunales escogidos por quienes buscan controlar a Estados Unidos.

Llegó la hora de dejar que las Naciones Unidas desaparezcan. Es irónico que las Naciones Unidas no hubiesen podido llegar al sitio que ocupan hoy sin el apoyo financiero y político de Estados Unidos. Si dejamos de financiar al monstruo, morirá. Claro que los socialistas de todo el mundo harán lo posible por evitarlo y poder así consolidar su poder. Llegado el momento no dudarán en imponer sanciones a Estados Unidos, lo cual forzará una confrontación entre el capitalismo y el socialismo. A eso no le tememos.

Retirarnos de las Naciones Unidas no implica apartarnos del mundo. El senador Carl Levin, entre otros, sostiene que una acción contra Irak sin la aprobación de las Naciones Unidas es una acción “unilateral”. La idea que las Naciones Unidas tienen que legitimar la política exterior norteamericana es negar el concepto de soberanía nacional. Ese es el resultado de medio siglo de adoctrinamiento por parte de la Unesco y del sindicato de maestros. Esos son los mismos que creen que nuestra Constitución es obsoleta, la soberanía es algo pasado de moda y que la libertad individual debe ser reprimida por el bien de la sociedad.

Las decisiones del gobierno de Estados Unidos en los próximos días y semanas pueden determinar el futuro de nuestra nación. Si bajamos la cabeza ante las presiones de las Naciones Unidas, pronto dejaremos de ser la tierra de los hombres libres y el hogar de los valientes. Pero si ejercemos nuestra soberanía y nuestra autoridad moral en proteger a la ciudadanía y a nuestra Constitución, estaremos avanzando en una nueva era de libertad para nuestro país y para el mundo entero.

Henry Lamb es vicepresidente ejecutivo de la Environmental Conservation Organization.

© AIPE

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