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Aznar, un derechista genuino

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La supremacía de la propaganda izquierdista ha logrado ocultar el triunfo de la derecha. Lo ha hecho con tal éxito, que los derechistas seguimos avergonzándonos de serlo.
           
La derecha en el mundo lo ha ganado casi todo: la Guerra Fría, la contienda ideológica, la lucha contra el terrorismo (especialmente en Chile), la supremacía económica del sector privado y el control político de gobiernos propios y de signo contrario. En esto último hemos sido geniales porque allí donde no tenemos explícitamente el poder, logramos hacer que los gobernantes izquierdistas pongan en vigor nuestras políticas. Ahora tenemos al presidente Lagos empeñado en deshacer los principales disparates izquierdistas cometidos en la primera parte de su mandato y procurando sacar adelante, por ejemplo, la flexibilización laboral, que es la antítesis de la reforma que él mismo impuso.
           
Y no olvido el mayor triunfo de la derecha en lo que va del siglo XXI: hace unas semanas la Constitución de la República Popular China incorporó una garantía explícita del derecho de propiedad privada.
           
Pero en dos frentes hemos sido derrotados: el de la moral y el de las comunicaciones. En el primero, la izquierda ha impuesto su abigarrado conjunto de antivalores y tenemos una sociedad cada vez más degenerada; y en el segundo, la supremacía de la propaganda izquierdista ha logrado ocultar justamente lo que señalaba en un comienzo, es decir, el triunfo de la derecha. Lo ha hecho con tal éxito, que los derechistas seguimos avergonzándonos de serlo, tal como hace medio siglo, cuando el triunfo del socialismo parecía inminente y ellos decían que iban a enterrar a todos los capitalistas, cosa que sólo lograron parcialmente, pues los 100 millones de muertos de que da cuenta "El libro negro del comunismo" no bastaron.
           
En estos días visitó Chile José María Aznar, líder de la derecha española, el Partido Popular que debe gran parte de su éxito político al arte de oficiar como "centrista", sin renunciar a una coma de sus políticas de propiedad privada, libre mercado, apertura comercial y alianza con los Estados Unidos. Completa ocho años en el poder y a él debe España su prosperidad actual. Aznar le escamoteó hábilmente el término "popular" a la izquierda, que lo consideraba propio ya desde los "frentes populares" de hace 80 años, precursores de nuestra "Unidad Popular". Siguiendo esa estrategia, acá la UDI se ha inscrito como "partido popular". Y los líderes gremialistas triunfantes en elecciones universitarias, derrotando a la izquierda, rechazan con pavor la suposición de que puedan ser de derecha, lo que no es sino un síntoma de su derechismo.
           
Otro testimonio de este complejo de la derecha es el entusiasmo de un creciente número de sus miembros por una posible candidatura presidencial del democratacristiano Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Lo peculiar del caso es que el propio candidato de la derecha, Joaquín Lavín, supera por mucho a Frei en todas las encuestas. Este incluso aparece rezagado en relación con otras postulaciones de la Concertación, de manera que no se ve por dónde podría llegar a ser candidato. Pero ello no obsta a que uno tenga que debatir largamente en las sobremesas derechistas, procurando convencer a los circunstantes de que tenemos un candidato propio mejor, que cumple satisfactoriamente con el requisito de disimular su derechismo y que tiene más votos. Pues también la noción de que las elecciones se ganan con votos es mirada con profunda desconfianza por la derecha.
           
La visita de Aznar, su visible deseo de aproximarse a la Democracia Cristiana –partido de centroizquierda que siempre ha propiciado políticas opuestas a las suyas– y el complicado trabalenguas con que pretendió atenuar su delito de haberse reunido con Joaquín Lavín lo erigen como uno de los derechistas más genuinos que nos hayan visitado en el último tiempo.
 
© AIPE
 
Hermógenes Pérez de Arce es analista político chileno.
 

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