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Chávez, una amenaza para Chile

Chávez constituye una amenaza para nuestra soberanía, en cuanto se ha comprometido a colaborar para privarnos de parte de nuestro litoral a favor de Bolivia, y ha proporcionado ayuda bélica y prometido incrementarla a ese país vecino, claramente inamistos

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Cuando en 2002 Joaquín Lavín encabezaba las encuestas presidenciales y la Concertación creía estar bailando el "Vals del adiós", en una reunión diaria a la que yo asistía por entonces alguien planteó un insólito vaticinio: "Lavín no será presidente en 2006". Nueve de los 12 asistentes rechazamos el pronóstico, desafiando a quienes lo compartían a apostar un almuerzo para todos en el Ritz-Carlton, que estaba por inaugurarse y prometía ser suficientemente caro como para darles un escarmiento ejemplar a los audaces agoreros.

El lado bueno del desenlace fue que éstos olvidaron cobrar la apuesta y prescribió. Habiendo sorteado indemne la citada coyuntura, no veía en el horizonte otras amenazas a mi patrimonio hasta que, semanas atrás, en el almuerzo habitual de los últimos dos derechistas que estamos de acuerdo en todo, un norteamericano y yo, se incorporó un tercero, venezolano, que decía compartir nuestra unanimidad. Comenzamos, como de costumbre, levantando nuestras copas de martini stirren, not shaken, habiendo superado amistosamente el desacuerdo acerca de si debía ser preparado con Beefeaters o Tanqueray, e hicimos votos por la salvación de las almas de los que vuelven la espalda a quienes hicieron posible, en su momento, la salvación de Chile.

Pero a continuación surgió entre nosotros un diferendo a propósito del voto chileno en el Consejo de Seguridad de la ONU. Yo sostuve que nuestra presidenta, como defensora de los intereses y la soberanía de Chile, según obligación asumida por ella en el acto de jurar su cargo, votaría por Guatemala. Pues –argumenté– Chávez constituye una amenaza para nuestra soberanía, en cuanto se ha comprometido a colaborar para privarnos de parte de nuestro litoral a favor de Bolivia, y ha proporcionado ayuda bélica y prometido incrementarla a ese país vecino, claramente inamistoso. Añadí que incluso la mera abstención equivaldría a un apoyo a Venezuela, por razones que lúcidamente expresé, y que se resumen (esto es muy importante) en decir que, si hay empate en la votación y Chile se ha abstenido, esto habrá equivalido a votar por Venezuela; y si Venezuela triunfa por un voto sobre Guatemala y Chile se ha abstenido, esto también habrá equivalido a votar por Venezuela. Por tanto, la única defensa efectiva y posible de nuestra soberanía exige votar por Guatemala.

Pero mis dos amigos predicen que la presidenta Bachelet votará por Venezuela, porque –dicen– ella pertenece al ala más izquierdista de su partido, la cual es copartícipe de las ideas de Chávez y Fidel Castro, a quienes tienen sin cuidado los intereses nacionales de los países, en nombre del internacionalismo proletario, y cuyo único fin es el triunfo de su revolución totalitaria mundial.

El desacuerdo originó, para mal de males, una apuesta de un almuerzo en el recinto en que nos hallábamos, que no era el Ritz-Carlton pero tampoco es barato, con el agravante de que nuestro amigo venezolano, tras volver a su país, ha comunicado la peregrina tesis de que, si resulta ganador de la apuesta, se le deberá financiar el pasaje para venir a recibir el pago.

Pero conservo cierta tranquilidad, pues un voto por Venezuela o una abstención equivaldrían a la ruptura del solemne juramento de defensa del superior interés del país que formuló nuestra presidenta al asumir el cargo. Tal ruptura comprometería su propia legitimidad en el ejercicio del mismo. Eso es inconcebible. Por tanto, estoy tranquilo, por Chile y, last and least, porque ganaré la apuesta.
 
© AIPE
 
Hermógenes Pérez de Arce, es analista político chileno

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