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Ni la menor esperanza

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No existe posibilidad de que la propuesta sobre derechos humanos que anuncia el gobierno chileno pueda conducir a la reconciliación. La Concertación no tiene vocación para ello. Los partidos que la integran nacieron para exacerbar odiosidades. ¿Cómo alguien puede pensar que nos van a reconciliar?

El Partido Socialista, el del presidente Lagos, permanece aferrado a su raigambre marxista, y la doctrina de Marx se fundó en el odio. En su conferencia del año pasado, aprobó por 240 votos contra 80 la ponencia de mantener en el acta fundacional "el marxismo como método de interpretación de la realidad". Lenin recomendaba que "todas las estrategias, todas las astucias, los procedimientos ilegales, silenciar y ocultar la verdad", con tal de imponerse. ¿Alguien puede esperar de ellos una rama de olivo?

La Democracia Cristiana, que podría aspirar a representar una voz conciliadora, por una fatalidad demagógica siempre ha terminado siendo funcional al marxismo. Y hoy se esmera por anticiparse en proclamar "no a un punto final", es decir, un sí a perpetuar las rencillas y divisiones. Siendo gobierno, propició uno de los procesos más odiosos de la historia de Chile, la reforma agraria, agravada por la "ley Aylwin". Esta siembra fructificó en el triunfo del gobierno marxista, apoyado por ella en el Congreso Pleno. Tardíamente, al comprobar la magnitud de la asonada totalitaria que así posibilitó, la DC llamó a las Fuerzas Armadas. Cuando un grupo de hombres de trabajo perseguidos por la Unión Popular fue a pedir amparo a Eduardo Frei, presidente del Senado, en julio de 1973, éste los mandó a hablar con los Comandantes en Jefe. Les refirió haber recriminado a un alto oficial, enrostrándole que así como él, Frei, cumplía su rol de legislador, "ustedes, en cambio, tienen las bayonetas y deberían saber lo que tienen que hacer para salvar al país". Los militares le hicieron caso, pero después la DC, en la primera oportunidad, los crucificó por usar las bayonetas, negándoles hasta un debido proceso y el derecho a sus defensas legales legítimas, como la amnistía ("doctrina Aylwin").

Los únicos que han perdonado y olvidado todo han sido los opositores a la Concertación y los uniformados. Más aún, algunos ya se han pasado al otro bando, pues citan con fruición los delitos de los segundos y hacen "mea culpas", pero ni siquiera son capaces de recordar los numerosos asesinatos cometidos por la extrema izquierda, cuyos autores merecieron hace años ya la amnistía y generosos indultos.

Claro, a veces la Concertación prueba un poco de su propia medicina. En estos días los derechos legales de Nelson Mery se ven amenazados, pues está a punto de ser juzgado como un uniformado cualquiera, por hechos no probados, prescritos y amnistiados. Pero vimos ya cómo en uno de esos procesos se inculpó al militar que lo acompañaba en una detención, pero no a él. El debido proceso se respeta cuando beneficia a alguien de la Concertación.

La reconciliación sólo será posible cuando todos olvidemos lo que sucedió en Chile y cuando se restablezca la legalidad, terminen las prevaricaciones y se den por perdonados los mutuos pecados del pasado. La Concertación no tiene ningún incentivo para propiciar eso, ni lo va a hacer jamás, porque controla todo el poder para imponer su propia versión, resucitarla cada vez que necesite ocultar con ella sus irregularidades o ganar una elección, y vengarse de los uniformados. Estos, por su parte, parecen resignados a una rendición incondicional y van dejando en el camino a sus muertos, heridos y "batallones olvidados", despedazados por una represalia judicial politizada, ilícita e impune.

Los procesos ilegales durarán muchos años. Las recriminaciones unilaterales, puede que hasta un siglo. Fue lo que demoraron los pipiolos (los izquierdistas del siglo XIX) en perdonar a Diego Portales y reconocer su obra. Porque, al final –único consuelo que resta–, siempre termina por imponerse la verdad.

Hermógenes Pérez de Arce es analista político chileno.

© AIPE

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