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La voracidad impositiva del Estado desalienta a extranjeros prósperos y profesionales cualificados que podrían avecindarse y prestar servicios para el país.

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Douglas Tompkins, un turista, un simple excursionista: una burla legal. Desde hace más de una década participa intensamente en la vida nacional, recibe y concede curiosas donaciones, controla territorios superiores a provincias chilenas y financia millonarias campañas en defensa de sus intereses, propiedades e ideología.

Su activismo, aunque legítimo, es de interés público: compromete el desarrollo nacional, obstaculiza proyectos de energía limpia y renovable; caminos y empleos que servirían a todo el país y a colonos y mujeres de territorios aislados.

Tompkins no es un transeúnte ni siquiera en el palacio presidencial de La Moneda ni en los ministerios, donde influye hasta sobre el trazado de la Carretera Austral. Que sea turista suena feo, huele mal; no se ven transparentes sus actividades. No resulta serio asilarse en resquicios legales. Es difícil sostener legalmente que una persona no está domiciliada en un país si tiene casa abierta, personal y actividades permanentes durante más de 15 años.

Pero los extranjeros con bienes adquiridos antes de domiciliarse en Chile, tienen un motivo razonable para considerarse turistas: si fueran residentes en Chile, deberían declarar y pagar aquí impuestos por esos ingresos foráneos y, además, tributar por rentas y activos chilenos. Es el caso de los norteamericanos y de ciudadanos de otras naciones sin tratados que eviten la doble tributación.

La voracidad impositiva del Estado desalienta a extranjeros prósperos y profesionales cualificados que podrían avecindarse y prestar servicios para el país. Con razón, últimamente la casi totalidad de los inmigrantes lo forman decenas de miles de indocumentados y unos pocos refugiados.

Legislaciones más modernas y tan distintas como las de Inglaterra y de Costa Rica cuentan con políticas migratorias flexibles, que eximen de impuestos a las rentas externas a los extranjeros residentes. Se estima en más de cien mil a los artistas, escritores, investigadores y profesionales extranjeros altamente calificados que realizan periódicamente actividades remuneradas temporales en Inglaterra bajo una tributación amigable.

En cambio, en Chile nos concentramos en Tompkins, que cuenta con una red de asesorías e influencias, y nos olvidamos de que la burocracia y la tributación complican el ingreso de extranjeros con valiosos conocimientos y recursos que podrían domiciliarse para engrandecer este país. ¿Queremos que vengan a Chile indocumentados o emprendedores que no busquen resquicios? Tan absurdas como la condición de turista perpetuo son nuestras leyes impositivas y sobre extranjería.

© AIPE

Hernán Felipe Errázuriz es abogado chileno, ex ministro de Relaciones Exteriores.

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