Menú
AL MICROSCOPIO

Adaptarse por priones

En el fascinante y complicado mundo de la evolución no están resueltos todos los misterios. A todas luces, parece que el gen es el auténtico motor de cambio. El animal o la planta serían simples máquinas diseñadas con dos fines: la supervivencia de la información genética y su transmisión a otras generaciones. Si el animal es devorado o muere, el programa de su construcción

0
desaparece con él. La selección natural cobra así un cariz de fatalidad escrita en pares de bases. La supervivencia, se imprime en la letra minúscula del núcleo celular.

Sin embargo algunos factores que influyen en este escondido mecanismo por el cual unos seres vivos sobreviven y transmiten su ADN durante milenios y otros se quedan en el camino siguen siendo un misterio. Por ejemplo, sorprende que la combinación de cambios genéticos múltiples tenga como resultado la adquisición de una habilidad útil para la supervivencia mientras que cada uno
de esos cambios por separado puede llevar a la muerte de la especie.

En el último número de la revista Nature, un equipo de investigadores del Instituto Howard Hughes de Chicago informa de que puede haber dado con la respuesta satisfactoria.

Los protagonistas de esta investigación son los priones: proteínas propias del organismo animal y vegetal que, por algún motivo, adquieren una función errónea y se vuelven dañinas. Los priones han alcanzado una triste celebridad tras descubrirse que son los portadores de la enfermedad de Creuzfeldt-Jakob y de su versión animal, el mal de las vacas locas.

La investigación que nos llega desde Chicago se ha basado en priones hallados en la levadura. Al parecer, estas proteínas maliciosas permiten al socorrido vegetal almacenar un arsenal de variaciones genéticas adormiladas y lanzarlas todas juntas para producir características fisiológicas nuevas, incluida la capacidad de adaptarse a ambientes extraños y alterados. Se trataría pues, de
una forma sigilosa de evolución. Una estrategia digna del más hábil y paciente de los generales a través de la cual los organismos vivos acumulan el potencial superviviente durante generaciones, escondido y silente, hasta que llega el mejor momento para sacarse el último as de la manga y vencer al
enemigo.

¿Qué función juega el ominoso prión en este escenario? En cada célula existen miles de proteínas, cada una de las cuales debe embutirse en su traje correcto para funcionar adecuadamente. Cuando una proteína sana se ¿equivoca? de traje, actúa como un prión y puede ser dañino. Hace algunos años, se descubrió que la levadura contaba también con algunas de estas proteínas que
no respetan las normas de etiqueta. Pero en este caso no producen efectos perjudiciales para la propia levadura. Sí conservan, sin embargo, la capacidad de disfraz y la habilidad para trasmitir el nuevo enmascaramiento a otras proteínas.

¿Qué pinta un prión en un ser vivo si no genera daño alguno? La respuesta se hace ahora evidente: tiene que servir para generar beneficios. La maquinaria es compleja. La proteína Sup53 de la levadura es como el pedal de freno de un coche. Tiene la función de transmitir las señales genéticas pertinentes para que la maquinaria de producción de proteínas se detenga. Sin embargo, cuando se viste de prión, esta proteína no funciona. Al ocurrir esto, la generación de proteínas no tiene freno, se acelera y, como consecuencia, aparecen nuevas propiedades de crecimiento de la levadura, entre ellas algunas que le permiten adaptarse a entornos cambiantes.

El prión se convierte en un interruptor con dos posiciones: ¿todo? o ¿nada?. De este modo, en la posición nada, los cambios genéticos no llegan a producir variaciones en las propiedades de la levadura, pero se acumulan a la espera de que el interruptor dé la señal de ¿todo?. Es entonces cuando el ser vivo se convierte en un individuo adaptado.

Puede parecer complicado, pero sin duda es un paso de gigantes en la comprensión de la evolución de las especies. Cuando miremos a nuestros hijos y observemos en qué se parecen y en qué no a nosotros tendremos que empezar a pensar en los diminutos laberintos de los priones. El motor de cambio, el gen
egoísta que se transmite de generación en generación, tiene su ejército particular que empieza a ser desvelado.
0
comentarios

Servicios